Para Olinda
A lo lejos retumbaban los truenos en unas nubes grises amontonadas sobre las colinas. El viento de tormenta levantaba remolinos de arena entre los cardones y tunas. Los chivos corrían buscando un refugio. La carretera, flanqueada por postes de madera, se perdía en aquel océano amarillo de arena y polvo, y era la línea divisoria que separaba el Mar Caribe de la gran casona. Cualquiera que hubiese pasado de casualidad por allí pensaría que la casa estaba abandonada. Los muros de tapia encalados, que alguna vez fueron de un blanco refulgente, ahora eran amarillos por el polvo o simplemente habían perdido el calado y podían verse los ladrillos de barro, el portal de piedra había perdido el escudo de armas familiar y apenas quedaban algunos arabescos barrocos, las ventanas de maderas tenían los postigos cerrados y de los barrotes de madera torneada solo quedaban algunos en las repisas voladas. Del corredor exterior solo permanecían en pie los gruesos pilares de la entrada que alguna vez sostuvieron una techumbre. Pero en su interior todavía la vida se desplazaba por sus pasillos. En el patio central, rodeado por un claustro de corredor, aun crecían un limonero, un granado y algunas otras plantas como albahaca y tomillo. Los pisos de losetas de barro rojo habían perdido el brillo de antaño y ahora se encontraban cubiertos de polvo y hojas secas. En los salones del frente, los muebles estaban tapados con sábanas y telas multicolores. Sólo un gran espejo de moldura barroca permanecía destapado, mostrando el reflejo del paso del tiempo. Del fondo de la casa provenía una melodía que se mezclaba con el olor a chocolate, canela, cebolla y maíz. Era la cocina.La cocina, separada del resto de la casa por una gran romanilla con calados y vidrios de colores, era el único lugar donde las ventanas, que daban a la parte posterior, estaban abiertas. Contra el muro del fondo se levantaba el fogón donde ardía la leña sobre las topias de barro. El calor cocinaba el chocolate, al que se le habían puesto unas varitas de canela para darle sabor, unas arepas de maíz pilado ya asadas permanecían sobre un budare de barro curado hace tiempo con leche de cabra y en un caldero de hierro colado se guisaban tomates con cebollas. Junto al fogón, el avivador de palma de coco tejida. Al centro de la cocina una gran mesa pesada de madera rústica y sobre ésta un gran mortero de piedra, una coladera de tela para el café, cebollas, cebollines, albahaca y tomillo secos, tomates, huevos, leche, queso de cabra, algunos platos de peltre y cucharas de madera. Junto a la pared, una alacena de madera con puertas de malla guardaba recelosa los platos, ollas, cazos, sartenes, calderos y vasos.
Para preparar el chocolate caliente, se colocan en una olla 3 tazas de leche, 2 cucharadas de azúcar, y 2 astillas de canela. Se lleva al fuego lento hasta que hierva. Se agregan 100 grs. de chocolate para taza y se va batiendo hasta que se disuelva completamente. Se agrega una pizca de sal y 1 cucharadita de vainilla. Se deja hervir hasta espesar y se sirve caliente.
En un rincón, una gallina dormitaba indiferente al paso del tiempo. Junto a la ventana, sentada en un taburete, estaba Carmen Martínez. Bordaba unos pañitos de lino blanco mientras tarareaba “Alfonsina y el mar”. A pesar de sus años, Carmen aún conservaba una visión sin igual, nunca tuvo necesidad de anteojos para leer. Sus manos nudosas por la artritis se mantenían firmes en cada puntada del bordado. Su cabello blanco se recogía en un pequeño moño sobre la nuca. Vestía con una larga falda azul cobalto, una blusa blanca de algodón con pequeños bordados en hilo blanco y unas zapatillas de lona negra y suela de fique. Hacía años que Carmen vivía sola en aquel paraje hostil y desértico. Su marido había muerto de la rabia hacía cuarenta años cuando sus cuatro hijas mayores, Clemencia, Ruperta, Marcelina y Petronia, se habían ido lejos con unos extranjeros que pasaron un día por allí. Se dice que habían trabajado como prostitutas en algunos bares en Adícora y que por vergüenza nunca más volvieron a su casa. La hija menor, Augusta, se fue con el mar cuando tenía doce años y nunca regresó. La casa más cercana estaba a cientos de kilómetros de la suya. Así que prácticamente había vivido sola durante cuarenta años, acompañada de algunas gallinas y chivos que criaba en el corral del patio. Una vez a la semana pasaba Don Manuel, un anciano con un destartalado camión Ford que se dirigía desde Punta de Barco hasta Adícora y luego a las refinerías petroleras de Amuay y Cardón, las mas grandes del mundo. Carmen vivía en el trayecto de Punta de Barco y Tiraya, a doscientos metros del mar. Ella le entregaba huevos frescos, pañitos de lino blanco bordados con motivos tradicionales, mermeladas, mantas tejidas y queso de cabra, y él, a cambio, la aprovisionaba de sal, azúcar, miel, leche, hilos de colores, pan dulce, chocolate, frutas frescas, kerosén, velas, fósforos, pastillas de jabón azul, que usaba tanto para lavar la ropa como para bañarse, y algunos caramelos. El resto ella lo obtenía de las gallinas y chivos que criaba y de las verduras que cultivaba en el patio.
Ese día Carmen cumplía noventa años. Como todos los días, se levantó a las 4 de la mañana, se lavó la cara con el agua del aguamanil, pero no se la había secado pues según ella era mejor dejársela secar con el aire, así no aparecían las arrugas. Se cambió la bata de dormir y se puso la ropa de trabajo. Fue a la cocina, preparó algo de café negro y se lo bebió sin azúcar. Luego avivó las brasas del fogón con el avivador y colocó leña nueva. Abrió la puerta trasera y salió al patio. Afuera, la madrugada estaba fresca y el cielo estaba ahogado en estrellas. A lo lejos se oía el mar que aún roncaba sobre la playa. Volvió a la cocina, colocó algo de maíz en el pilón y comenzó a pilarlo para así iniciar el proceso de preparación de las arepas mientras canturreaba una canción.
Para la preparación de las arepas de maíz pilado se deben colocar los granos de maíz en un pilón y comenzar a golpearlos con un mazo para quitarle la cáscara al maíz y pelarlo. Luego que el maíz ha sido pilado, se coloca a ventilar en bandejas de madera para sacarle la cáscara. Se debe mover para que salgan todas las brosas y quede muy limpio. Después se agarra el maíz y se lava tres veces con abundante agua y luego se cocina en el fogón por una hora. Una vez cocido se le agrega agua fría y se estruja con las manos para terminar de limpiarlo. Se escurre muy bien y se comienza a moler con el molino de mesa. Una vez molido, hay que amasarlo hasta que quede una masa suave. Se agrega sal al gusto. Una vez lista la masa, se hacen las arepas y se colocan sobre el budare caliente o entre las brasas hasta que doren. Ya están listas para comer.
Todo el proceso le tomaba a Carmen dos horas. Cuando las arepas estuvieron listas, el abrasador sol ya tostaba la arena y los cardones. Preparó el chocolate y lo dejó reposar. Dejó las arepas junto al fogón para que no se enfriaran. Salió al patio y echó el desperdicio del pilado del maíz a las gallinas, recogió los huevos y soltó a los chivos de su corral. Mientras caminaba a la casa con la cesta de huevos recordó a su papá. Cuanto lo extrañaba. Se sentó en una silla debajo de un cují y mientras echaba la comida a las gallinas recordó la vez en que tuvo que esconder a su padre, por allá en 1928 cuando ella tenia 23 años. Los soldados del General Juan Vicente Gómez lo buscaban por no haber cedido sus tierras al gobierno. Ya habían asesinado todo el ganado de sus haciendas en Turmero y destruido las siembras de cacao en las de Chuao. La familia se había refugiado en la casa de Villa de Cura. Después de la muerte de su madre, unos años atrás, ella se había encargado del cuidado de su padre y el de sus dos hermanos menores. Había sido un jueves, su padre sabía que ese día vendrían por él. Así que entre los dos cavaron un agujero en el patio, detrás del horno de barro para que se escondiera. Antes que ella colocara la plancha de hierro y las leñas para taparlo, le dijo: “toma este cuchillo y guárdalo entre tu falda. Si algún soldado te toca, mátalo. Esconde a tus hermanos en el doble fondo del altarcito de la capilla. Te quiero”. Recordó a los soldados entrando a la casa, revolviéndolo todo, buscando por todas partes pero sin encontrar a quien buscaban. Finalmente se fueron. En ese momento ella solo deseaba que solo uno apenas la rozara con un dedo para sacar el cuchillo y clavárselo en el pecho. Pero se quedó con los deseos. Apenas los soldados se fueron, ella corrió a sacar a su padre y a sus hermanos del escondite. Lo ayudó a vestirse de paisano, le cortó los bigotes, le colocó unas alpargatas y un sobrero de paja. Había comenzado a llover. Abrió con cuidado el portón de entrada. En la esquina habían dejado apostado un soldado. Su padre salió sigilosamente y caminó bajo la lluvia hasta el soldado. Le pidió fuego para encender un cigarrillo y siguió su camino sin mirar hacia atrás. Esa fue la última vez que lo vio. El canto de un azulejo verdeviche en una rama del cují la volvió a la realidad. Se levantó y entró a la cocina para seguidamente cocinar los tomates guisados para acompañar las arepas.
Para dos personas se necesitan 6 tomates, 1 cebolla blanca grande, 1 diente de ajo, aceite de oliva, sal, pimienta negra molida y albahaca seca. Se cortan los tomates y las cebollas en rodajas. Se machaca el ajo en un mortero. En un caldero se colocan 5 cucharadas de aceite de oliva y se calienta lo suficiente. Se colocan el ajo y las cebollas y se dejan freír hasta que las cebollas se caramelicen. Se agregan los tomates y se deja cocinar un rato hasta que suelten su jugo. Se pone pimienta, albahaca y sal al gusto. Se deja cocinar por un par de minutos y se sirve acompañado de arepas de maíz pilado y queso blanco fresco.
Carmen dejó el bordado sobre el taburete y tomó su desayuno. Mientras bebía el ultimo sorbo de chocolate pensó: “Feliz cumpleaños Carmencita. Ya son muchos años. Demasiados y parecen no acabarse”. Dejó los platos y el delantal sobre la mesa y se dirigió a los salones. Destapó los muebles y abrió las ventanas. Una brisa entró con fuerza, levantando el polvo y las hojas secas. Colocó los retratos que estaban sobre las mesitas en su sitio y encendió las lámparas de kerosén. Fue hasta la pequeña capilla y allí se arrodilló frente al altar modesto: “Dios Padre, bendíceme”. Fue a las otras habitaciones abriendo las ventanas y puertas. Pasó por los cuartos de las hijas que no volvieron, por el de la hija que se fue con el mar y finalmente el suyo. Después de cuarenta años la luz volvía a inundar cada rincón de la casa. Había llegado allí desde Villa de Cura, donde se casó con Fulgencio Torres de la Calatrava, un español venido a estas tierras en búsqueda de fortuna. Habían sido felices por mucho tiempo y habían tenido cinco hijas. “Las hijas son mejores que los hijos, porque siempre estarán cerca aunque se casen. Nunca estarás sola Carmen”, le dijo la comadre Teresa el día del nacimiento de Augusta. “Mejor haber tenido hijos, así hubiese ganado también cinco hijas. Te maldigo Teresa”, pensaba mientras caminaba por el zaguán dispuesta a abrir el portón principal.
Salió y el resplandor del sol y la arena la enceguecieron por un momento. Ahora los truenos se escuchaban más cerca. Comenzó a caminar en dirección al mar. El viento cada vez era más fuerte y la arena se le metía en el cabello, la ropa, los ojos. El sol se fue oscureciendo. Comenzó a llover. En la casa el viento volcó las lámparas de kerosén y el fuego empezó a arder sobre los muebles de madera, las cortinas y las sábanas y telas de colores que estaban en el piso. En menos de veinte minutos la casa ardía como una enorme fogata bajo la lluvia. Los recuerdos se iban consumiendo poco a poco. Carmen había cruzado la carretera y estaba parada descalza en la playa. El mar agitado le acariciaba los pies. “¡Augusta!”, gritó. Entonces comenzó a adentrarse en el mar más y más, hasta que su cuerpo desapareció en el abrazo de una ola espumeante. Al fondo una columna de humo negro se levantaba en el lugar donde una vez existió la casona de los Torres Calatrava Martínez.
Fotografías: Google, texto: Haldar F. Savery


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18 dijeron algo...:
según iba leyéndote se me ha quedado grabada, casi sin querer, el olor a chocolate caliente y ha comida apetitosa, me ha encantado porque el texto se ha enriquecido...
besitos grandotes!!!
Describís TAN BARAVILLOSAMENTE BIEN que las fotografías no te hacen falta.
Es más, son un detalle que deberías sacar, porque le das al elctor todos los elementos para que imagine a la perfección la casona de Carmen.
Por cierto, me dieron ganas de abrazarla y tomar junto con ella una taza de espeso chocolate.
Que tengas un buen día Haldar
Nico.-
ooooooooo niño que historia me encanta y me alimenta...por ello tienes un regalito en mi casita virtual....pasate a recogerlo
besitos
HALDAR...me hiciste llorar. Cada imagen vino cargada de emociones, de vida y de muerte. Una mezcla exitosa entre Isabel Allende, Juan Carlos Onetti, el Borges de los cuchilleros, Juan Rulfo y su Páramo en llamas, Silvina Ocampo y tantos otros. Me dá placer haber encontrado, en su momento, tu blog; Hoy, además, me haces llorar...wau!!! una granola de sabores, olores y emociones que voy a degustar con un buén chocolate y mi recuerdo de Carmen y sus recetas.
Abrazos
Diego
Esta historia esta dedicada a mi abuela Olinda, a quien quise mucho. Sus historias, olores y sabores se mezclan acá con la fantasía de mi imaginación.
Ayshane: me alegra que hayas disfrutado el “olor a chocolate caliente”. Besos
Nicolás: Que bueno que te gusten mis descripciones, pero a veces creo que me faltan palabras para describir todas las imágenes que van apareciendo en mi cabeza cuando escribo, por eso trato de ilustrar con alguna fotografía. Lo tendré pendiente para los próximos textos. Y bueno, creo que esta vez las dejare, pues fue un rollo buscarlas y otro mas colocarlas donde quería en el texto, jejejejejejeejej. Un abrazote y que tengas feliz semana.
Diario de una mujer sola: Que bueno que mis palabras te alimenten y te hayan encantado. Gracias por el regalito, ya lo pondré en mi repisa de premios. Una cosa: si es posible saber tu nombre, para no llamarte diario de una mujer sola. Besotes
Diego: Vaya, me he quedado sin palabras. Que puedo decirte. Mil gracias por tu comentario, y anda, que compararme con maestros como Borges, Rulfo, Allende, Onetti y Ocampo, tampoc es pa’ tanto, jejejej. Me alegra profundamente que mis palabras te hayan llegado y bue…, por aca seguire escribiendo, para algun dia ser como Borges, jejeejejej. Besos y abrazos
Ha sido curioso, yo te estaba leyendo, en el reader, e iba pensando que me recordaba a Como Agua para chocolate, mezclando las recetas de cocina con una historia cercana, que el puede pasar a cualquiera o que hemos oído muchas veces...
Y entro a tu blog y veo que lo estás leyendo..;)
Besicos
Haldar me encanto, no sabes como me fue envolviendo de a poco, sentí todo lo que le sucedia a Carmen, incluso senti el sabor de las recetas que describias, besos guapo.-
Increible como siempre... que sepas que mi ultima entrada va dedicada, entre otros muuuuchos... a ti tambien.
Un abrazo.
Oye, amigo, me dejaste muda...
tengo que leerlo otra vez y vuelvo, pero lo que he leído así, bastante por encima, me ha dejado... anonadada!
Y Olinda, qué nombre tan bonito!
Un besote enorme y hasta dentro de un rato...
Hey Haldar! me ha gustado la triste historia de esta buena y simple mujer ... como diria un amigo argentino "Que vida de mier..." JE!
Noto que te influyen buenos autores latinoamericanos, canciones, y esta muy bien, todo nos nutre y alimenta y has logrado un buen resumen de varios.
Sabes? la semana pasada tuve dos increibles amigas venezolanas aqui en casa, gente de mi corazon. Y hemos hablado de como hacer arepas en Paris y de lo bueno que es el cacao venezolano ( claro, el mejor de mundo diria otro amigo argentino JE! )
Y ahora te leo a ti pana, escribiendo sobre 'arepas' y 'chocolate' espeso, muy agradable coincidencia.
Ah! para 'encontrar' esas palabras 'dificiles' nada mejor que un diccionario de sinonimos y antonimos, veras como ayuda mucho.
Recibe un fuerte abrazo de este pana desde el otono parisino -:)
He de confesar que lo del chocolate... me vuelve loca! Soy una entusiasta del chocolate al mil por mil. Cuanto más negro, mejor! Ayyyy, qué maravilla!
Y bueno, como te dije antes, me ha gustado muchísimo este relato, muchísimo...
Sí que recuerda un poco a "Como agua para chocolate", pero bueno, es diferente, y la verdad, me gusta este tipo de literatura porque es muy gráfica, puedes ver las mazorcas de maíz, el chocolate, la cebollita, al padre metiéndose en el agujero en la tierra, al soldado apostado en la puerta... y puedes oler el miedo, el dolor de Olinda llamando a su hija y entrar en el mar en su busca...
Precioso! Me descubro y te aplaudo, me ha encantado!
La música, ni te cuento, y con las fotos... el no va más!
Y ya...!
Besotes!
Que triste, pobre... La entendi tan sola, tan sola pobrecita. Habia visto a tantos irse antes que ella. Que se fue tambien.
Saludos y muy bueno
Me has llenado la mañana de olores, perfumes, recetas y un nudito ene l pecho de tristeza....
Belén: Si, está inspirado un poco en la novela de Laura Esquivel. La estoy leyendo en clase con mis alumnos de español. También en mi historia mezclo historia que recuerdo que me contaba mi abuela. Cuando terminemos la novela, les voy a dar a leer mi cuento. Ya te diré cual fue su reacción. Besos.
Dámaso: Me alegra que te haya gustado y que hayas logrado sentir el “sabor” de las recetas. Besos
Os-k-r: Gracias, y gracias también por tus palabras en tu última entrada, las tome como para mí. Un abrazo fuerte. Y claro, cuando desees venir a darte una vuelta por Jamaica, acá hay espacio, aunque la casa no muy grande. Para los amigos siempre hay espacio.
Edurne: Olinda era el nombre de mi abuela materna. Parte de las historias que me contaba cuando era un chico, esta acá, en este cuento. Y como le comente a Belén mas arriba, si, esta inspirada en la obra de Laura Esquivel. La estoy leyendo con mis alumnos de la clase de español. Me alegra mucho que te haya gustado. Besotes guapa.
Gus: Si, hay vidas de mier…, jejeje, pero después de haber vivido 90 años, que mas da. Que bueno que tengas amigos venezolanos. Mis únicos amigos argentinos son los que he conocido por acá, en el blog. Espero que las arepas parisinas hayan quedado buenas, yo hago unas muy buenas aunque no son parisinas, jejejeejje. Si, eso dicen, que el mejor cacao del mundo es el venezolano, y parece que si es verdad Así que cuando andes comiéndote un chocolate francés, tal vez estas comiéndote un pedacito de sabor venezolano también. Besos
Germánico: Amigo, a veces la soledad es un modo de vida, y nos acompaña hasta que decidimos dejarla ir. Abrazos
Lore: Me alegra haber llenado tu mañana con olores y sabores, incluso un poquito de tristeza, eso indica que estas viva! Que sientes! Y que pudiste sentir mis palabras. Besos
Ummmm hasta aquí llega el olor
Preciosa historia una gran persona y mujer Olinda,
Qué suerte tenerla cerca siempre, porque así será por el amor que siente por ella
.
Me hiciste llorar pero me encanto tanta ternura
Un beso grande
Me quedo con la receta de Carmen,
Gracias
me quedé impresionado con tu manejo de la descripción que manejas, además estimulas los sentidos como el olfato me hiciste oler, a modo de sugerencia, estaría bueno que estimules también el tacto y el oido, y ahí si sería una descripción perfecta.
un abrazo te espero por mi blog.
Haldar! tengo muchos amigos venezolanos. Hace diez anos que comenze a viajar y uno de estos caraquenos, un hermano de la vida, fue el que me abrio las puertas de otro mundo, el que me enseno y sento las bases del Gus que soy ahora.
Luego vivi en New York City unos anos y claro! todos mis amigos fueron y siguen siendo venezolanos, a traves de este primer 'hermano', comenzaron llegar los demas y hoy me siento muy cercano a tu tierra tambien!
Es mas, el 2009 estare haciendo viajes con un grupo de gente de Caracas y otras regiones, preparando mi primer visita al pais. JE!
(la musica FANTASTICA! ... time goes back ...)
Muy bonita historia... compartirla contigo ha sido lindo.
Compartirla con todos, ha sido mucho mejor.
Es realmente un don de tu naturaleza. Verte describir tus sueños o lugares que has visitado me hacen realmente ver esos lugares de nuevo.
Hay cosas que se nos escapan a los ojos de quienes hemos perdido un poco la inocencia y tú me lo sabes rescatar.
Gracias por esa historia de tu abuela... de ti.
Gracias por ese aire fresco de inocencia.
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