
mar de verano
bajo el sol anclado
duerme tu mirada
Foto intervenida y texto: Haldar F. Savery
Afortunadamente el montón de ropa sucia y sábanas por lavar amortiguaron la caída, pero eso no impidió que su vestido francés, el cual su madre acababa de comprar el día anterior en la tienda de importaciones finas de Don Genaro, se rasgara y que el lazo de tafetán negro quedara guindado en una de las cañas. Por más que saltó y saltó no pudo alcanzarlo. Debía volver a la casa antes de que su madre notara su ausencia. Así que desistió de su intento por recuperar la cinta y corrió entre los pozos de agua sucia, entre las gallinas, entre las hojas secas, por el pasillo y por el segundo patio hasta llegar a la cocina. Entró corriendo y abrazó a Josefa. Inmediatamente el llanto y las lágrimas escaparon como una tormenta repentina de verano. Lloraba por miedo a que su madre la hubiese visto en el tejado, por miedo al regaño al haber dañado el vestido y por rabia, al no poder entender porque el padre Manolo besaba a su madre.
-No, no fue Panchito-sollozaba Eloisa.
-A ver, a ver, ¿qué es todo este ruido?-pregunto Teresita quien venía del cuarto de la alacena con unos frascos de membrillos en almíbar, los cuales había preparado la noche anterior. Eloisa corrió hasta ella y la abrazó.
-Puej, que voy a sabe’ yo. A la niña que no se que bicho la picó. Esta hecha un manojo de llanto. ¡Pa’ mi que fue el animalejo ese!
-Venga mi niña, siéntese acá y beba un poco de esta agüita de tilo para que se calme y pueda contarme qué le pasó. Josefa, este pendiente si la señora viene.
-‘ta bien, ‘ta bien.
-Bueno, a ver, cuéntele a Teresita que fue lo que pasó. ¿Fue el mono de Doña Tomasa? Ese animal siempre busca la manera de como escaparse y luego andar fastidiando a los vecinos.
-No Teresita, no fue Panchito. Es que…, bueno…, es que me subí al muro para ver los pavos reales que el señor Joaquín le regaló a su esposa y cuando…, cuando me iba a bajar me resbalé y el techo de la enramada se rompió y me caí- sollozaba de nuevo. –Y ahora mami me va a regañar por dañar el vestido.
-¡Por las lágrimas benditas de Santa Berenice!, niña, se pudo haber matao. Ya con una muerta en la casa esta bien, como pa’ tene’ otra.
-Josefa, deje de decir tonterías y lleve a Eloisa a su cuarto. Ayúdela a quitarse esa ropa y me la trae sin que nadie se de cuenta. La limpia y la acuesta. Yo mientras voy preparándole un tesito de manzanilla, para que se quede dormida.
-Si seño. Vamos mi niña, andansito- dijo Josefa mientras caminaba abrazada a Eloisa, como una madre que acurruca a un hijo.
-Eloisa, no se preocupe. Si su madre pregunta, usted se fue a dormir porque se sentía mal con todo esto del velorio. Y usted Josefa, a callar. Si abre la boca le quemo la lengua con un tizón del fogón- y empezó a colocar las flores de manzanilla en el agua hirviendo, junto con unas de tilo, pasiflora y valeriana. Teresita cultivaba varias hierbas medicinales y otras para uso en la cocina en un pequeño huerto en el corral. Junto con las manzanillas, tilos, malojillos, cola de caballo crecían las cebollas, cebollines, albahaca, romero, por mencionar algunos.
-Señora, la niña se fue a la cama porque no se sentía bien. Creo que todo esto del velorio la indispuso. Le estoy preparando un tesito para que se tranquilice- comentó Teresita.
-Voy a verla, sírvamelo que yo se lo llevo. ¿Dónde esta Josefa?
-No mi señora, pa’ na’, es solo cansancio y ese frío que empezó a hace’ de repente.
-Bueno, bueno. Ya me tengo ir. Paso al cuarto de Eloisa y después me voy al cementerio. Josefa, llévele el té después que yo salga y cerciórese que se arrope, no vaya a agarrar un resfriado con este bajón de temperatura.
-Si señora.
-Teresita, no le ponga la tranca al portón. Solo échele llave al anteportón, yo me llevo las llaves. No se a que hora iré a regresar, tal vez sea tarde, así que no me esperen despiertas. Cuando lleguemos al cementerio le digo a Pedro que se regrese para que no estén solas. Ya el padre manolo se ofreció a traerme de vuelta a la casa. Josefa, búsqueme el abrigo en mi habitación y me espera en la puerta. Si quieren, váyanse a descansar y mañana recogen las tazas y los pocillos.
-Como usted diga señora Hortensia- dijo Teresita.
-No mami.
-Tranquila. Todo va a estar bien, en un ratino Josefa te trae un tecito para que duermas. Duérmete y ya hablamos mañana. Descansa- besó a Eloisa en la frente y se marchó.
El día que murió su abuela paterna, Doña Clotilde de
-Señora Hortensia, señora Hortensia, ya llegó el padre Manolo- gritaba Josefa, la muchacha que ayudaba a su mamá en los quehaceres de la casa.
-Shhhhh, muchacha, respeta el descanso de los muertos. Ande, vaya a la cocina y le trae café caliente al padre, debe venir mojado y muerto de frío. Mira que morirse con este invierno.
Eloisa salió del cuarto y se quedó detrás de una de las columnas del corredor del patio. Desde allí vio al padre Manolo cruzar el anteportón. Era un hombre alto, delgado, de unos cincuenta años, bien parecido y con algunas canas en sus sienes. Venia con su sotana negra de infinitos botones, un paraguas, un rosario y una biblia en la mano. Su madre se acercó para recibirlo. El padre murmuró algo en su oído y ella sonrío disimuladamente. Su madre había enviudado hacia dos años, cuando Eloisa apenas tenia ocho años. Su “papi” y su hermano mayor, Ernesto, habían sido detenidos por “
-Josefa, déle el café al padre, ¿qué espera?
-Si señora, claro señora.
-Y llévese a la niña a la cocina.
-Si señora.
Josefa se colocó la bandeja debajo del brazo y con paso veloz agarró a Eloisa de la mano y prácticamente la arrastró con ella. En la carrera a la cocina pudo echar una última mirada a lo que acontecía en el corredor. Todos entraban como espectros negros al “para qué”, la salita que se había arreglado para colocar a Doña Clotilde. Los últimos en entrar fueron su madre, seguida muy de cerca por el padre Manolo, quien dejaba rozar su mano izquierda en los glúteos de esta. Antes de cerrar la puerta, el padre le sonrío a Eloisa.
-Vamos niña, siéntese allí, junto al fogón.
-Hace mucho calor allí, prefiero sentarme cerca del refrigerador.
-¡Esa “frijider” no me gusta nada! Me contó Salustiana, la muchacha que trabaja donde la señora Francisca, que el otro día un aparato de esos explotó y casi la mata. ¡Y eso que estaba disque nuevo!
-Hay Josefa, como te gusta creer en cuentos. Eso no pasa, el refrigerador es el mejor invento. Lo leí en una noticia del periódico. Además, ya ves que no tienes que ir a hacer las compras todos los días.
-Eso es verdad mi niña. Ahora la carne dura más tiempo. ¡Hasta cinco días! Usted tiene razón. Es que estoy nerviosa con eso de la muerta allí en la sala.
-A mi tampoco me gusta- respondió con voz profunda y se quedó pensativa, con la mirada en las llamas que se escapaban del fogón.
Al fondo, cerca de una ventana,
El sancocho hervía sobre le fogón, mientras Josefa iba y venia con tazas de café y galletitas inglesas de mantequilla. Josefa había llegado a la casa hacía tres años, cuando el señor Ramiro y el señorito Ernesto fueron apresados por la policía. Don Arcadio se la había enviado a su hija para que la ayudara con los niños. Josefa tenía dieciséis años, era delgada, morena, de grandes y brillantes ojos verde oscuro y cabello crespo lleno de pequeños moños a los que ataba cintas de colores. Prefería andar descalza, pues decía que los zapatos la torturaban. Al principio fue una guerra campal entre ella y la señora Hortensia, pues a esta última le parecía un descaro que atendiera a los invitados estando descalza. Finalmente llegaron al acuerdo de que podía estar descalza en casa pero que cuando fuera a hacer los mandados o a misa debía por lo menos ponerse unas alpargatas. No sabia leer ni escribir, pero últimamente Eloisa se había encargado de irla enseñando, pero era una tarea ardua. Como la misma Josefa decía: “Hay mi niña, ¿pa’ que necesito yo eso? Pa’ eso Diosito me dio una cabeza, pa’ recorda’ to’”. Al menos ya había logrado que aprendiera a escribir su nombre y a medio leer los papelitos con el mandado que le daba su mamá.
Entre los hervores y los cafés que iban y venían, Eloisa se había salido de la cocina y caminaba a lo largo de la celosía, viendo como la formas iban distorsionándose y cambiando de color a través de los cristales. Era divertido ver a Josefa cambiar de formas, unas veces gorda otras alta, otras deforme, en su ir y venir de la cocina al corredor.
-¡Habíase visto! ¿Es que toa’ esta gente viene a beber café o a ver a la dijunta? Ya tengo los pies jinchaos de tanta idera- decía mientras se sentaba en una de las sillas del comedor, ubicado entre la cocina y la celosía que lo separaba del corredor.
-Josefa, ¿dónde están el padre Manolo y mi madre? No los veo entre la gente del corredor.
-Puej, en el cuarto, acompañando a la muerta, ¿a onde iban a estar?
-¿Solos?
-Yo creo que si. Iban a preparar a su dijunta agüela y sacaron a todos y cerraron la puerta. Además, ¿quien quiere a ver a un muerto como lo trajo Dios al mundo? Puej, naidien.
-¡Corre Josefa, vámonos a la cocina! Allí viene mi madre.
Las dos corrieron a la cocina e inmediatamente fingieron estar haciendo algo: Josefa lavando las tazas sucias y Eloisa viendo caer la lluvia sobre el estanque del segundo patio interior, parada en la puerta. Hortensia entró de golpe a la cocina, mientras se arreglaba la falda. Venia un poco acelerada y algo colorada.
-Josefa, déme un poco de agua por favor, pero no del refrigerador. El agua fría es mala para la salud- dijo con voz entrecortada, mientras se apoyaba en la mesa y llevaba la otra mano a su pecho.
-Si señora, ya mismito. ¿Se siente mal?
-Nada, nada, debe ser todo esto. Esta familia esta marcada por la muerte. No se ha terminado de velar a uno cuando ya hay que empezar con otro. Quiero que empiecen a servir la sopa a los invitados. No quiero que se sienten en el comedor, son muchos y la mesa solo tiene doce puestos. Así que sírvanla en las escudillas blancas de porcelana y llévenselas, igual como con el café. Teresita, vaya echando la sopa en las escudillas y tu Josefa, ve llevándolas a la visita. Eloisa, por favor dile a Pedro que vaya preparando el automóvil, saldremos en un momento al cementerio.
-Si mamá- y salió corriendo saltando en los pozos que se habían formado en el patio. Ya no llovía.
Hortensia dio media vuelta y salió de la cocina. Eloisa cruzó el segundo patio hasta la habitación de Pedro, le dejó el recado de su madre y salió corriendo al corral. Allí se trepó al árbol de mango y luego, a través de una rama, al techo de la enramada. Desde allí caminó con sumo cuidado por el borde del muro que separaba el corral de su casa del de los vecinos. Llegó finalmente a una pequeña ventana elevada que pertenecía a la habitación donde estaba su abuela muerta. Su padre había mandado a hacer esa ventanilla como entrada de luz y aire para esa habitación ya que no poseía ventana alguna al corredor. Deslizándose sigilosamente sobre las tejas, se asomó y pudo ver a su abuela en la cama. Parecía que realmente dormía, que en algún momento cualquier ruido la despertaría. Pero no podía ver a su madre ni al padre Manolo. Se acercó más a la ventana, para ver si lograba ver mejor. Divisó algo que se movía en las sombras justo en el rincón en el que hacia un par de horas había estado ella. No distinguía bien que era. Entonces levantó un poco su cuerpo para tratar de conseguir un mejor ángulo. Justo en ese momento, las nubes se retiraron y dejaron escapar los rayos del sol del atardecer. La ventana estaba orientada hacia el oeste, de manera que en las tardes la habitación se iluminaba completamente. De esta manera Eloisa pudo ver quienes estaban en el rincón. Su madre y el padre Manolo se besaban frenéticamente, como queriendo devorarse el uno al otro.
En el asombro, Eloisa resbaló en las tejas húmedas y golpeó su frente contra el vidrio de la ventana. Los amantes voltearon inmediatamente ante el ruido y miraron hacia esta. Pero solo lograron ver una sombra que desaparecía velozmente, pues el contraluz no les dejo ver quien o que estaba en la ventana. Eloisa se dejó resbalar rápidamente por las tejas hasta alcanzar el muro. Lo cruzó casi en carrera, con el peligro de resbalar y caer. De allí bajó al techo de la enramada para luego pasar a la rama del árbol. Pero justo antes de alcanzarla, algunas cañas de la techumbre se rompieron y Eloisa cayó.
Fotografia: Google, texto: Haldar F. Savery