sábado, 26 de abril de 2008

EL ENMASCARADO ANÓNIMO (IV)

IV

Iba tan sumergido en esos buenos recuerdos que casi no me doy cuenta del precipicio que estaba al frente y si no es porque Tomás me agarró de la ruana hubiese caído al vacío. Era como un profundo cañón excavado en la roca y en el fondo, a quien sabe cuantos cientos de metros, se podía ver un río. El bosque estaba del otro lado y no veía un puente por donde cruzar. Mis ilusiones por ver los duendes desaparecieron. Era totalmente imposible llegar al otro lado.

-Bueno, tendremos que saltar- dijo Tomas mientras corría en dirección opuesta al desfiladero. –Solo tiene que hacer lo que yo haga
-¿Qué? Nos vamos a matar…

No había terminado de hablar cuando Tomas ya corría a toda velocidad rumbo a la muerte. Me quedé petrificado, no sabía que hacer. Unos pasos antes de llegar al borde, levantó sus brazos a los lados como si fuese a volar y….voló!. No lo podía creer, estaba volando sobre el precipicio. Parecía no tener peso alguno, era ligero como un ave. Tenía los ojos cerrados y una gran sonrisa de placer, de seguro no era la primera vez que lo hacía. Me quedé pasmado, con la boca y los ojos bien abiertos, sin poder moverme. Aquello era totalmente imposible, iba en contra de todas las leyes de la naturaleza, por lo menos en contra de todo lo que había aprendido de los programas de National Geographic. ¿Sería que en ese lugar había alguna anomalía con la gravedad terrestre? ¿Era Tomás un extraterrestre?, y así mil preguntas más daban vuelta en mi cabeza tratando de buscar una respuesta lógica. Y en medio de ese auto cuestionario vi como él “aterrizaba” en el otro lado.

-¡Es su turno!- Gritó
-¡No puedo hacerlo, es imposible!- respondí desde el borde mientras empujaba un piedra con mi pie y veía como se perdía en el fondo, chocando con los bordes rocosos del precipicio.
-¡Aquí todo es posible, ya verá! ¡Inténtelo! ¡Es el Enmascarado Anónimo!
-Bueno- Murmuré. –Si, soy el Enmascarado Anónimo.

Caminé hasta una distancia en la que creía que podía tomar bastante impulso para saltar. Mi corazón iba a salírseme del pecho y a pesar del frío, estaba sudando. Además tenía el morral, no lo podía dejar porque tenía las arepas para los duendes y mi cámara y no lo podía cargar porque sumaría peso a mi cuerpo, aunque realmente yo no pesaba mucho. Decidí dejarlo. Me puse un par de arepas en los bolsillos del pantalón y dejé el resto debajo de un arbusto. Miré al otro lado y vi como la neblina salía del bosque y se deslizaba suavemente al ras del suelo, hasta llegar a los pies de Tomás para luego caer como una cascada hacia el fondo. Respiré tan profundo como pude, cerré los ojos y emprendí mi carrera hacia el borde.

Cuado abrí los ojos me encontraba caminando dentro del bosque. Lo había logrado, pero ¿cómo? Eso quizás no importaba, ya estaba allí. Tomás iba caminando unos pasos adelante de mi. El bosque era hermoso: enormes árboles, helechos gigantes, flores de muchos colores, y una tenue luz verde se filtraba por todas partes. Ya no hacia frío, tampoco calor. No se escuchaba más que nuestros pasos sobre las hojas secas. La neblina había desaparecido. Aceleré el paso hasta alcanzar a Tomás.

-¿Cuánto tiempo llevamos caminando?
-Jejejeje, largo rato.
-¿Cuánto?
-Unas tres horas, creo, no se, no estoy seguro. Aquí el tiempo no es importante.
-¿Tanto?, debo volver a casa a las…- Mi reloj había desaparecido.
-No se preocupe, llegará a tiempo para cenar con su abuela.

Debía confiar en él, no tenia alternativa. Metí mis manos en los bolsillos y las arepas seguían allí, algo desechas, y la estampita de la Virgen también. No sabía rezar ni el padre nuestro. Realmente no era muy religioso aunque tenía mis creencias. Mis padres jamás iban a misa, mi papá era chef y mamá decoradora de interiores, vaya mezcla. Él siempre preocupado por la armonía y estética culinaria, ella por lo de lo cotidiano. Mi hermana, por su novio. Vaya suerte la mía, haber nacido en una familia sin creencias en lo divino. De seguro esa estampita se la compró mi mamá a alguna niña de la calle mientras esperaba en el tráfico de la avenida Francisco de Miranda, para que la dejara en paz. Y yo creyendo en duendes, hadas, extraterrestres, vírgenes, dragones, milagros, agujeros negros y hasta en Dios. Total, apreté fuertemente a la Virgen y le pedí que me cuidara. Y sin darme cuenta, absorto en mis pensamientos como siempre, llegamos a un claro en el bosque. Estaba oscureciendo.

viernes, 25 de abril de 2008

EL ENMASCARADO ANÓNIMO (III)

III
A las seis de la mañana sonó el despertador de mi reloj. Hacia frío y aún estaba oscuro. Siempre tarda en amanecer en el páramo. Me levanté envuelto en una gruesa cobija de lana de oveja y me asomé por la ventana. Afuera había mucha neblina, apenas se podía ver mas allá de unos tres o cuatro metros. Esperaba que la niebla se levantara mas tarde, para cuando fuera a encontrarme con Tomas. Y para ser sincero, ese asunto de los duendes realmente me llamaba la atención y todo aquello de que eran puras boberías las había dicho solo para no parecer un tonto. De corazón esperaba poder ver alguno. Recordé un libro sobre Gnomos que me regaló mi papá hace algún tiempo. Hablaba de los diferentes tipos que existían, de cómo vivían y sus costumbres. También sabia, porque mi abuela me había contado, que en los andes había una larga tradición de historias sobre duendes, hadas, brujas y espíritus que viven en los lagos y ríos. Claro, suponía que no debían parecerse a los del libro, ya que esos eran de otros lugares, como Irlanda o Inglaterra. Así, con esa expectativa comencé a preparar mi mochila: puse un suéter, una brújula que me había traído de Caracas, un cuaderno de notas, algunos lápices, una estampita de la Virgen del Valle que me había dado mi mamá, un libro que compré en una feria de libros unos días antes de venirme (era la historia de un chico de unos 120 Kg. que se enamora de una modelo de una revista Cosmopolitan) y que apenas había empezado a leer y mi cámara. Ya mi abuela se había levantado hace rato, pues el olor a desayuno ya llegaba a mi habitación. Me lavé la cara y los dientes, me vestí y baje corriendo las escaleras.

-¡Buenos días Abue!
-¡Buenos días! Vaya, que madrugador. ¿Por qué no vuelves a la cama hasta que este listo el desayuno?- dijo mientras seguía en sus labores.
-No puedo, debo ir a la cassss……- Casi metía la pata y le decía que iba a donde me dijo que no fuera.-¿A dónde vas?-Hummmmm, bueno, a dar una vuelta por acá y a tomar unas fotos. No tengo fotos de neblinas.- Le dije mientras apretaba los dedos de los pies en los zapatos esperando que no se diera vuelta y descubriera mi mentira.
-¿La neblina? Si, es muy bonita pero traicionera. Tomate por lo menos el chocolate caliente y pon unas arepas en el morral por si te da hambre. Anda, siéntate un momento.- Y se sentó acercándome una taza de chocolate caliente.

Me senté y me contó sobre lo peligroso que es la neblina cuando no se conocen los alrededores y de cómo muchas personas se han perdido y mas nunca han vuelto a aparecer, incluso gente experimentada de la zona.

-Si mijo, mucha gente de por aquí se ha perdido. La neblina es traicionera. Los demás creen que se han muerto, pero siguen por allí, vagando por los valles y colinas, escondiéndose detrás de los árboles y rocas, en las vueltas de los caminos, en los lagos y ríos, y si no andas alerta, traen la neblina y te llevan con ellos.- Y su mirada se volvió perdida, como buscando un lejano recuerdo en su memoria.
-¿Son como fantasmas?- Pregunté mientras terminaba mi chocolate.
-No, no. Porque no están en este mundo ni en el otro. Solo vagan por allí, solitarios, tristes.
-Bueno Abue, ya me voy, nos vemos al rato- Tome mis cosas, le di un beso y salí.

Mientras la puerta se cerraba detrás de mi, alcancé a escuchar que decía: “Pobre Tomas…” No logre escuchar lo demás y no quise devolverme. Tal vez era otro Tomas. En fin, no le hice mucho caso y emprendí mi camino entre la niebla. Tomé una rama gruesa y larga para que me sirviera de guía. Alcancé la pared de piedra y la salté. No había vacas del otro lado. Ni una. Llegué hasta el basamento de piedra de la casa pero Tomas no estaba allí como habíamos acordado. Pensé que a lo mejor era muy temprano y que tendría que esperar. Levanté el banquillo y me senté a esperar. Habría pasado una media hora y seguía allí solo. Entonces se me ocurrió volver a asomarme por la ventana. Me subí al banco y lentamente me fui asomando. Adentro estaba muy oscuro. Ni una sola fuente de luz. Era extraño. Al fondo en el rincón pude divisar la forma del sillón y me pareció ver la silueta del señor Leoncio. Y justo en ese momento volví a caer al suelo.

-Jajajajajajaja- Tomas rió con todas sus fuerzas, tanto que me pareció que la risa venía de todas partes del valle.
-¡Ey! No vuelvas a hacer eso.- Le grité en tono molesto y aún con el corazón saltando del susto.
-¿Listo? Vamos.
-Si, vamos.

Emprendimos el camino hacia la colina. Tomas no traía mochila y vestía con la misma ropa del día anterior. Parecía conocer muy bien el valle y sus senderos, ya que a pesar de la densa niebla parecía saber donde estaba cada piedra del camino. A medida que subíamos por la colina, la cual ahora se me hacia más alta, la niebla se iba quedando abajo en el valle y podíamos ver el cielo azul. Por fin llegamos a la cima. Apenas podía respirar, estaba cansado y muerto de hambre. Abajo quedó el valle sumergido en la niebla y del otro lado estaba el ansiado bosque. Nos sentamos un momento en la hierba.

-¿Quieres una arepa? Tienen queso.- Le dije a la vez que le ofrecía una.
-No gracias. No se las coma todas, recuerde dejar unas para cuando estemos en el bosque.- Respondió dándome una palmadita en la espalda.
-Si claro, para los duendes.
-Hay mucho movimiento hoy allá abajo- Y señaló hacia el bosque.
-¿En serio? No veo nada.- Traté de agudizar mi vista pero solo alcance a ver un pájaro que salió volando de algún árbol, si es que era un pájaro.
-Sigamos.

Nos levantamos y comenzamos a bajar la colina. Abajo nos esperaba un valle y luego el bosque. Este estaba como a quinientos metros, pero parecía que nunca íbamos a llegar. Caminamos largo rato. Ya la mochila se me hacia pesada y me provocaba dejarla por el camino. Empezó a soplar una brisa fría que me cortaba la cara. Recordé un libro que había leído, en el que el protagonista tenía que andar a pie largas distancias cargando algo muy pesado, no recordaba que era, tal vez era una mochila como la mía; y para no cansarse, el protagonista dejaba de pensar en el peso y se dedicaba a pensar en cosas agradables y así su carga se hacia ligera. Entonces empecé a recordar cosas de Caracas. Los domingos en el cine, las visitas a los zoológicos, los videos juegos, el ipod que quería que el Niño Jesús me trajera para navidad, y así sucesivamente. Los recuerdos y los pensamientos se fueron agolpando a una velocidad increíble en mi cabeza que deje de pensar en mi morral. Funcionó.

miércoles, 23 de abril de 2008

PARA MIS AMIGOS...










Estas son unas fotos que hice esta mañana en el patio de mi casa. Un regalo para mis amigos, bloggeros o no, seguidores de mis escritos o no...














































domingo, 20 de abril de 2008

EL ENMASCARADO ANÓNIMO (II)

II

Así que tome todo el aire que podían caber en mis pulmones y emprendí una carrera entre las vacas. Casi con los ojos cerrados trataba de correr en línea recta hasta la casa, empujando las grandes panzas de los animalazos. Algunas mugían, otras apenas se movían, pero todas apestaban. Sus ojos sin profundidad y grandes pestañas me miraban como desde otro mundo. Finalmente llegué a la pared de piedra de la casa. Esta era de gruesos muros blancos de cal y estaba construida sobre una base de piedra lo que me impedía asomarme por las ventanas. Busqué cerca algo para poder subirme y encontré un pequeño banquillo. Sobre el banco y de puntillas logre alcanzar a ver por la ventana. El interior estaba oscuro, apenas algunos rayos de luz se introducían a duras penas por las hendijas en el techo y por algún cristal de las ventanas que aun la mugre no había. Podía verse que todo estaba lleno de polvo y telarañas. Era algo así como que el tiempo se detuvo en algún momento en ese lugar. Me daba un poco de temor. Estaba apunto de bajarme cuando de repente pude ver una figura de alguien sentado en un sillón en un rincón. Era un hombre. No se movía; parecía que estaba durmiendo. De seguro es el señor Leoncio, me dije. Era extraño, no se si por la falta de luz y el polvo, pero el señor Leoncio se veía un poco gris. Cuando me disponía a limpiar el polvo de la ventana con mi ruana sentí como el banco bajo mis pies desaparecía haciéndome caer pesadamente de espaldas al suelo. Allí tirado y con el sol en la cara pude ver la sombra de alguien de pie junto a mi.

-¿Quién es?-, pregunto una voz tratando de hacerse grave y con ese tono que tienen las personas de los andes.
-Hola, soy Alejandro. Alejandro Villarroel García. Vivo en la casa de a junto, la de la señora Consuelo, es mi abuela-, conteste sin levantarme.
- Hummm....., ‘ta bueno. Yo soy Tomas. Y vivo acá.

Estiró la mano para ayudarme a levantar. Era un chico un poco más alto que yo. Blanco como una lápida de esas que había visto en el cementerio al ir a visitar a mi tía los domingos. Su cabello era color zanahoria y unas pecas del mismo color cubrían su cara. Tenía una gran ruana, roída y sucia que le llegaba casi al suelo, unos botines de cuero desgastado y un gorro de lana. Sonrío y pude ver sus dientes blanquísimos, los cuales contrastaban fuertemente con la mugre que lo cubría en su totalidad. También olía a vacas.

-Dígame, ¿qué hace por aquí? No puede pasar a las propiedades privadas así no más. ¿No sabia eso? Bueno, de seguro que no, jejejejejeje, pero importa, ya esta en la propiedad privada, jejejejejeje. Y dígame, ¿de donde es?. De seguro que no de por aquí. No parece de por aquí. De seguro de muy lejos, más allá de las montañas…- parecía que nunca iba a dejar de hablar. También tenía una especie de tic nervioso en el ojo izquierdo, pero era solo cuando hablaba: lo guiñaba muy seguido.
-Discúlpame, discúlpame. No volveré a pasar por acá. Mejor me voy, de seguro mi abuela me esta esperando- y empecé a caminar en dirección a la casa de mi abuela, alejándome de él. Confieso que me dio un poco de temor.

Corrió y me alcanzó, sujetándome por el brazo derecho. Me dijo que no tenia que irme, que me quedara a hablar un rato, que no tenia nada que hacer, que las vacas se podían cuidar solas un rato. Accedí. Caminamos entre las vacas mientras el las golpeaba suavemente en los cuartos traseros con una rama para que se movieran y nos dejaran pasar. Le conté que era de Caracas y que estaba de vacaciones por unos días en casa de mi abuela. Que ella no era andina, pero que se había venido a vivir aquí ya hacia algunos años. También le hablé del colegio, de mis amigos, los centros comerciales, los videos juegos y muchas tonterías más. Él me contó que había dejado la escuela hacia ya bastante tiempo, que solo estudió hasta el tercer grado. Que eso había sido suficiente, ya que aprendió a leer y a escribir, lo que le permitía leer los avisos de las carreteras y anotar los mandados de la tienda. No sabía nada de Nintendo, ni Internet, ni televisión, ni domingos de cine y cotufas, ni grandes avenidas, ni luces de neón… Su mundo eran las montañas, el cielo estrellado de noche, la neblina, el frío, las vacas, el olor a ahumado, los pájaros…

Entre historias y palabras llegamos a la cima de una colina. Abajo podían verse nuestras casas. De la de mi abuela se elevaba un hilo de humo blancuzco, de seguro estaba ahumando queso, pero de la de él solo se levando un grupo de pájaros negros que graznaban como locos. Un poco más allá podía verse la carretera trasandina, serpenteando entre las montañas. Y de fondo las imponentes montañas de nuestros Andes, con sus cumbres nevadas. Al otro lado de la colina había un pequeño valle con un bosque y luego un páramo desértico que se iba levantando entre rocas. Nos sentamos un rato en la hierba para recuperar el aliento mientras la brisa helada golpeaba nuestros rostros.

-¿podemos llegar hasta ese bosque?- pregunte con voz entrecortada.
-No, hoy no. Ya es tarde. Deben ser como las cuatro de la tarde, jejejejeje…Y no es bueno molestar a los duendes a esta hora. Además no trajimos nada de comida para darles, jejejejeje…- contestó con su risa particular que le daba un toque de demencia.
-¿Duendes? ¿No me dirás que crees en esas historias? Duendes, hadas, son solo historias Disney. Son puras tonterías.
-Hmmmm…, no, no lo son. Mañana podemos ir. Pero eso si, debe traer comida para los duendes. Y si tenemos suerte, tal vez podamos ver algún hada.- Ya su risa había desaparecido. Se tomaba aquello con mucha seriedad.
-¡Hecho! Mañana entonces.
-Si, mañana lo espero temprano detrás de mi casa.

Comenzamos a bajar la colina a medida que la tarde caía. Ninguno de los dos dijo nada. La temperatura empezaba a bajar y viento frío se sentía como hojillas que te cortaban el rostro. Al llegar a su casa él se detuvo y yo seguí mi camino. Mire hacia atrás pero ya había desaparecido. En su casa no había ni una luz encendida. Mi abuela me esperaba con chocolate caliente, queso ahumado y arepas de trigo. Luego de ver la tele, o por lo menos de hacer el intento, me fui a dormir.

jueves, 17 de abril de 2008

NOTA DE DESPEDIDA...


Caracas, 17 de agosto, 2001

Hola Arturo.

Estuve esperando sentada acá afuera toda el día y no apareciste. No se si aparecerás. No se incluso debo dejarte esta nota. Pero no importa, creo que debo hacerlo. Desde cuando no nos vemos? Desde cuando dejaste de llamarme? De escribirme? Ocho meses. No se que pasó. Creí que todo estaba bien entre nosotros. Será que regresarás hoy? Recuerdo cuando nos conocimos hace dos años. Tú habías ido a Mérida a un congreso de algo que no puedo ni pronunciar y en un paseo por el páramo te detuviste a comer en el restaurancito donde trabajaba. Pediste unas arepas de trigo y una pizca andina. Me sonreías desde la mesa, tú con tus dientes blancos como la nieve de las montañas y tus ojos grises como el metal. Nunca nadie me había mirado de esa forma. Eso te lo dije ese mismo día. Fue la primera vez que me enamore (y hasta ahora ha sido la única). Fueron dos semanas increíbles. Me encantaba escucharte hablar. Sabes tanto de muchas cosas, especialmente de la vida. Pero tuviste que volver a la capital, no podías quedarte, no podías traerme. Pero seguimos hablando por teléfono, recibiendo un par de cartas de vez en cuando. Nunca supe manejar eso del Internet, si lo hubiese hecho hubiésemos hablado mas. Pero eso ya no importa. Te confieso que abriste una puerta fascinante al obligarme a dedicar tiempo a la lectura. Ahora no puedo dejar de leer. Es increíble lo que se siente cuando sales de la oscuridad a la luz del conocimiento. Y eso te lo agradezco. También te confieso que ahora escribo más que simples órdenes del restaurante. Me dijiste que cuando todo estuviese listo me traerías aquí. Y esperé. Pero han pasado ocho meses sin saber nada de ti. Ni una llamada. Hasta un celular me compre, pero nada. Muchas veces te pregunte si no te importaba nuestra diferencia de edad (tu 28 y yo 50), y siempre me contestaste: “el amor no tiene tiempo”. Y también te creí.

Así que aquí me ves, sentada en las escaleras afuera de tu departamento, esperándote desde hace ocho horas. Ocho meses, ocho horas. Tu vecina no te conoce porque dice que está recién mudada. Gasté parte de mis ahorros para comprar el tiquet (no se si así se escribe) del avión. No se que hacer ahora, si seguir esperando o tratar de volver a mi páramo. Pero algo me dice que me vaya. Así que me voy. Te dejo anotado el número de mi teléfono celular. Lo mantendré encendido hasta que se quede sin pilas (se me olvido el cable).

Bueno Arturo, un beso lleno de estrellas de páramo…

Tu Camila

El numero es 414 734 56 57
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Nota encontrada en la puerta de mi apartamento un domingo en la mañana al regresar de La Guaira. Luego supe, según me contó el conserje, que Arturo había realmente vivido allí, pero que lo habían asesinado ocho meses atrás para robarle el carro.

martes, 15 de abril de 2008

jueves, 10 de abril de 2008

DESCANSO...

Hola a todos mis seguidores y amigos. He estado fuera de casa y de la oficina unos dias y por eso ando desaparecido. Estaba de micro vacaciones en una playa hermosa de estos lares. Ya colocare algunas fotitos para que las vean. Verg...., como arde la quemada del sol....

jueves, 3 de abril de 2008

EL ENMASCARADO ANÓNIMO

El olor a chocolate y a canela que inundaba toda la cocina me despertó. La luz mañanera entraba por la puerta abierta y podía ver en sus rayos esas motitas de polvo que se mueven suspendidas en la luz. Afuera las gallinas cacareaban y alguna que otra se asomaba indiscreta en la cocina. Mi abuela cantaba una canción entre dientes, muy bajito, casi un murmullo, mientras escuchaba la radio novela. Era fanática de las novelas de radio, especialmente esas de la mañana, y en especial esa que sonaba en ese justo momento: “Las Aventuras del Enmascarado Anónimo”. Yo prefería la tele, pero mi abuela tenia una muy vieja, que no se veía muy bien, aunque yo creía que era porque en esas lejanas montañas del páramo merideño no llegaba la señal. Así que me conformaba con disfrutar las radio novelas con ella y jugaba creando las imágenes de la narración en mi mente. Me parecían fascinantes los sonidos y los ruidos: golpes, cascos de caballos, viento y tormentas. ¿Cómo podían hacerlos?, era como mágico. ¿Cómo podía un héroe llamarse Enmascarado Anónimo? ¿Anónimo? Vaya, que nombre. Así que ese día decidí llamarme “Anónimo”. Desde mi lugar favorito de la cocina, debajo de la vitrina de los platos ubicada en la esquina, podía ver todo lo que allí pasaba: a mi abuela caminando desde el fogón de leña a la gran mesa que dominaba el centro del espacio, a las gallinas y los perros en el patio, la leña ardiendo en el fogón, el techo de caña brava y madera y las jaulas metálicas para ahumar el queso colgando de él y la imagen del Arcángel San Gabriel encima de la puerta. Con el olor del chocolate se mezclaba el olor de las hierbas: albahaca, romero, menta y otras que ella cultivaba en el patio. Ya empezaba a batir con un tenedor en un plato de peltre los huevos recogidos esta mañana. Era un sonido metálico, con cierto ritmo. De seguro ya las arepas de trigo estaban listas. Yo me enrollaba en mi ruana, como un pequeño animal en su cueva, para alejar el frío que la noche anterior había dejado pegado en mis huesos.

-Bueno, bueno, ya esta listo el desayuno. ¿No querrás pasar tus vacaciones durmiendo allí en ese hueco? Ven a ver que te preparó abuelita.
-Voy abue-, le respondí perezosamente.
-A lavarse las manos primero, Daniel- Me agarró de un brazo y me llevó hasta la gran tina blanca del fregadero, tan grande que cualquiera podría bañarse allí.
-Yo puedo hacerlo solo abue, no soy un niño, ya tengo doce años. Y no soy Daniel, mi nombre es Alejandro. Daniel es mi papá. Y además hoy me voy a llamar “Anónimo”- le dije mientras metía las manos debajo del chorro de agua helada del grifo.
-Si es verdad, Daniel Alejandro es tu padre y tu solo Alejandro. Bueno, mejor dicho “Anónimo”-rió.
-¡Exacto!-

Arrimé un taburete de madera y me acerqué a la mesa. Las arepas de trigo doradas se asomaban por entre un paño blanquísimo en una cestita de mimbre, los huevos revueltos con tomates y cebollas humeaban desde un cuenco rojo con flores amarillas, el jugo de naranja se hacia verde al mezclarse su color amarillo con el azul de los vasos y el chocolate hervía suavemente aún en la olla tiznada que ella había colocado sobre un pedazo de madera para evitar quemar el mantel de algodón blanco almidonado. Mi abuela subió el volumen al radio que estaba sobre una repisa, en la que también había fotos viejas, flores de plástico, algún recuerdito de alguna fiesta de cumpleaños o matrimonio o bautizo, un conejito creo, aun con la mallita azul con las almendras todavía dentro; velas, alguna virgen y una foto de mi con Mickey Mouse en Disney y otra de mis padres. Ya la historia del “Enmascarado Anónimo” se había terminado y estaban dando las noticias regionales. Desde mi lugar en la mesa podía ver hacia fuera por la puerta. A lo lejos los muros bajos de piedras que sirven para separar los terrenos, unas vacas pasaban perdiéndose en el borde del marco y más allá había una casita, un poco más pequeña que la de mi abuela y detrás un bosque de robles y pinos.

-Abue, ¿Quién vive en esa casa?- dije señalándola con el tenedor.
-Ummm... ¿Cuál casa?- Respondió mientras giraba la cabeza y se colocaba los lentes que tenia en el bolsillo del delantal – Esa es la casa del señor Leoncio. Pobre señor Leoncio…., después que se murió Martica, nunca más salio de la casa. Tomás, su hijo, ahora debe encargarse de todo. Pobre chico, tuvo que dejar la escuela...- Y su mirada se quedó perdida en la lejanía.

Después del desayuno me fui al patio, previa advertencia de mi abuela de que no me acercara a la casa del señor Leoncio, ya que no le gustaba recibir visitas desde que enviudó y mucho menos de un mocoso curioso. Pero sabemos que las advertencias que nos hacen los mayores cuando estamos jóvenes, se las lleva el viento. Así, que mientras estaba sentado en una gran piedra terminando mi chocolate caliente, pensaba en la manera de acercarme a la casa del viudo (ya la sola palabra me daba miedo) sin ser visto, tanto por mi abuela como por los residentes de la otra casa.

Apenas tuve la oportunidad, corrí sigilosamente hasta detrás del gallinero y de allí al muro de piedra. Salté el muro y me encontré en el territorio del señor Leoncio y también me encontré con sus vacas, unas cincuenta más o menos. Debía atravesar el campo entre ellas para poder llegar a la casa. Nunca había estado frente a frente con un animal, excepto el perro que había en mi casa en Caracas o a los que había visto tras las rejas en el zoológico. “Bueno Anónimo, tienes que ser valiente y enfrentarte a estos animales peligrosos, recuerda que Anónimo nunca tiene miedo”, me dije para darme valor.