
Te vistes de rojo, tafetán carmín barato y lentejuelas. Esta noche no será verde. Debajo, un fajín esconde tus doce kilos de más. Un relleno de papel muy bien ubicado levanta esos senos falsos y crean la voluptuosa ilusión que deseas. El nailon de las medias sube lentamente por tus piernas mal rasuradas. Los tacones gastados, menos rojos que el carmín, sostienen tus sesenta y cinco años. El dulce lamento del tintinear dorado de las pulseras en tus brazos velludos te distrae de tus pensamientos. Para hacer juego, te enganchas una prominente peluca de rizados cabellos pelirrojos para ganar unos centímetros de altura. El polvo blanquecino cubre tus arrugas, tus tristezas, tus desamores, tus ojeras, tus recuerdos. El rímel pastoso inunda tus pestañas, enmarcadas con las sombras rosadas que cubren tus parpados. Te aplicas el oleo brillante en los labios, rojo también. Finalmente te colocas en tu espalda las grandes alas de plumas anaranjadas y doradas. Afuera, lejos del camerino, la gente grita tu nombre. Te llaman. Te paras frente al espejo. Una vuelta. Caminas. Te miras fijamente, repasando los detalles. Una lágrima intenta infructuosamente escapar cuando recuerdas la imagen de tu madre muerta la noche anterior. Estaba vestida de rojo. Lo único que lamentas es no haber tenido el valor suficiente para decirle que ya no te llamabas Patricio, que ahora tu nombre era… “Esmeralda, Esmeralda, Esmeralda”, grita la gente afuera. Ya lo demás no importa. Sonríes al espejo, mostrando tus dientes color nicotina. Golpean tu puerta. Ya es hora y sales al escenario. Esta noche renaces de las cenizas. Piensas: “Fenix”
Foto: Marcello Bonfanti, texto: Haldar F. Savery