Era difícil no sentirse encantado por la majestuosidad del bosque, por su luz verde, su exuberante vegetación. Me sentía mas protegido caminando por aquí, ya que la abundancia de plantas y helechos hacia mas difícil que alguien o algo nos viera. Las aves estaban muy alto, en los enormes árboles y de seguro estaban ocupadas cazando insectos. Además nuestra vestimenta de tonos marrones y verdes servia de perfecto camuflaje. Así seguíamos, charla que charla, disfrutando de todo aquel esplendor verde que nos envolvía. Pero repentinamente nuestro guía se detuvo y nos hizo una señal para que hiciésemos silencio. Nos indico que nos colocáramos rápidamente detrás de una roca. Abrió su mochila y saco tres esferas azules pequeñas, las que mantuvo ocultas en su mano derecha. Dejándonos al resguardo de la roca, dio unos pasos delante de esta.
-¿Quién está allí?-, gritó. Solo silencio. Al parecer algo o alguien venia siguiéndonos, pero no nos habíamos dado cuenta.
-¿Quién está allí? Es mejor que se muestre antes de que lance estas esferas.
- Bueeeno, bueeeno. No se me altere. Que ando solo de paso-, se oyó una voz profunda.
-No lo veo.
-Pero acá estoy. Aquí mismito frente a usted-, y entonces se movió. Era un tuqueque, una especie de reptil con la capacidad de confundirse con las cosas que lo rodeaban. Estaba apenas a unos pasos frente de Ernesto.
-¿Qué quiere?-, pregunto Ernesto a la vez que levantaba la mano con las esferas.
-Solo compañía un rato. Y bueeeno, me gustaría saber qué hacen unos duendes por este rumbo.
-No creo que eso sea de su incumbencia, señor…
-Julián. Encantado de conocerlos-, e hizo una reverencia. –No me importan sus rumbos, ni sus planes, solo que es extraño ver duendes por estos caminos, y mas extraño verlos en compañía de un humano. Pero insisto, solo deseo acompañarlos un rato, siempre es bueeeno escuchar las historias de los duendes. Los acompañaré hasta llegar a la orilla del río. Más allá se sabe que es terreno de Dargüila. Así, que si me lo permiten, seré su compañero por un trecho del camino.
Ya habíamos dejado nuestro escondite, pero manteníamos una distancia prudencial. Ernesto miró a Isabel y esta le hizo una señal de aceptación con la cabeza. A partir de ese momento nuestro grupo de cuatro creció a cinco. Julián resultó ser un buen compañero de viaje. Sabía muchas historias del bosque, de los animales que allí vivían, de los humanos, pero los de verdad, no como yo.
-He visitado muchas veces las casas de los humanos. La verdad, si que son animales extraños. Pero lo bueno es que en sus casa hay muchos insectos, deliciosos insectos, y como me los como, me permiten estar allí. Eso me ha permitido aprender de ellos y saber cuando debo esconderme. Porque no siempre se sienten bien con mi presencia, especialmente las hembras, que se asustan con facilidad-, y habló y habló por largo tiempo, mientras caminaba de a ratos en sus patas traseras, levantándose para hacer gesticulaciones con sus patas delanteras, como si fuese uno de esos humanos a los que mucho observaba.
Las primeras estrellas en despertarse aparecieron en el cielo. Estaba anocheciendo. Habíamos caminado un largo trecho, estaba cansado y hambriento. Debíamos buscar un lugar donde dormir, ya que de noche el bosque no era para nada seguro. Ernesto se acercó a un viejo tronco que estaba sobre los helechos y le pidió permiso a las terminas que allí vivían para que nos dejaran pasar la noche con ellas, siempre y cuando Julián no se las comiera. Hecho el trato, nos acomodamos en un espacio hueco, bastante confortable, cubierto de musgo. Ernesto coloco una esfera verde en el centro y esta se iluminó permitiéndonos tener luz cuando la noche se cerró por completo. Comimos algunas frutas, galletas, leche y miel; hablamos a ratos y poco a poco nos fuimos quedando dormidos escuchando solo el trabajo de las termitas en la madera del tronco. Comenzó a llover.
Me desperté sobresaltado. Ya las termitas habían terminado su labor y estaban durmiendo. La lluvia había cesado y la luna se reflejaba en los charcos y gotas que caían de los árboles. Era de nuevo el bosque plateado, aquel que había visto desde la habitación del roble. Me quedé mirando la luna que se asomaba por un agujero en la madera. Todos dormían, incluso Ernesto. La luz verde se había apagado. Repentinamente vi una enorme sombra con ojos rojos brillantes que se asomaba por el agujero de entrada, era un animal que intentaba husmear dentro. Cuando me senté se me quedó mirando fijamente. No podía moverme, no podía gritar, estaba paralizado del miedo. Entonces Julián se despertó y se dio cuenta de la situación. “Es el Rabipelado Orejiblanca. No te muevas”, me susurró, y con su cola despertó a los demás. Lentamente nos fuimos arrastrando a lo más profundo del tronco. El Orejiblanca no dejaba de observarnos y repentinamente, con la velocidad de la luz saltó dentro del hueco, destruyendo las paredes podridas del tronco. Había terminas corriendo por todas partes, gritando como enloquecidas y las que pasaban cerca del animal terminaban en su boca. Estábamos atrapados, no había salida, terminaríamos en la boca del bicho ese. Pero repentinamente Julián saltó justo al frente del Orejiblanca y con una actitud desafiante lo golpeó en el hocico. El animal se enfureció. Julián saltó fuera del agujero y con su cola volvió a golpearlo. El Orejiblanca giró y comenzó a perseguirlo. “Huyan, huyan”, nos gritaba mientras trataba de distraerlo alejándose de nosotros. Tomamos nuestras cosas y salimos corriendo. En nuestra carrera voltee la cabeza a ver que había sucedido y pude ver como el Rabipelado atrapaba a Julián con su boca. Pobre Julián.
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lunes, 9 de junio de 2008
domingo, 8 de junio de 2008
EL ENMASCARADO ANÓNIMO (VII)
Después de la fiesta me llevaron a mi habitación. Estaba en una rama muy alta del árbol. Era pequeña, toda de madera, el piso cubierto de paja seca, una cama en un rincón, una mesa con una silla y una vela en el otro. Poco a poco el silencio fue cubriéndolo todo y podían escucharse todos los sonidos del bosque. Me asomé por la ventanita y pude ver todo el bosque que se perdía en el infinito iluminado por la luz de la luna. Era como un océano plateado que se movía suavemente al ritmo del viento. Pude ver un par de lechuzas cruzar ese océano en la distancia. Y con los susurros de la noche y el vaivén de las olas de los árboles me fui quedando dormido hasta que no pude mantenerme en pie por más tiempo y me fui a la cama.
Aun no había amanecido cuando un golpe en la puerta me despertó. La puerta se abrió lentamente y alguien con un pequeño farol entró. Una ruana cubría su cuerpo y un gran sobrero en su cabeza apenas dejaba ver su cara. Dejo sobre la cama algo y me indico que me lo pusiera. Eran un sombrero, una mochila y una ruana. Me los puse y salimos sigilosamente del cuarto, y comenzamos rápidamente el descenso del árbol. Nos seguían dos duendes más, cada uno con ruana, sombreo, mochila y farol. Llegamos a la puerta principal del roble y nuestro guía se acercó a los guardias y les susurró algo. Estos abrieron la gran puerta y salimos. No sabia que ocurría, tenía miedo, quería hacer mil preguntas, pero también sabia no debía hablar, no en ese momento. Y así en silencio empezamos la marcha rápida alejándonos del gran roble, cruzando el bosque. Empezaba a amanecer y las últimas estrellas del cielo se iban despidiendo con un guiño de buenos días para irse a dormir; hacia frío y los ruidos de la noche iban dando paso al canto de los pájaros. Hacia rato habíamos dejado el bosque y caminábamos por un sendero entre la hierba que nos llegaba un poco más arriba de la cintura. Tal vez era por mi nueva estatura, pero ahora todos mis sentidos se habían agudizado. Podía escuchar el caminar de los insectos; sentir la mas minima brisa en mi cara, incluso aquella tan tenue que apenas movía una hierba, oler a mi compañero que me seguía a dos metros de distancia, aunque creo que serian cincuenta centímetros para nuestro tamaño. A medida que el día aclaraba más, apresurábamos el paso. En la distancia empecé a divisar un bosque. Amaneció completamente y un sol brillante lo ilumino todo, encegueciéndome por un instante y en ese momento nuestra marcha se convirtió en carrera. Entonces entendí que debíamos llegar al refugio del bosque lo más pronto posible, pues con nuestros tamaños éramos presa fácil de cualquier animal o ave. Y en la frenética carrera el recuerdo de mi abuela en su cocina llego a mi mente. Me sonreía y me ofrecía una taza de su rico chocolate. Me preguntaba si no estaría preocupada por mí después de dos días desaparecido. De seguro estaba angustiada, de seguro ya habría llamado a mis padres, de seguro ya habría gente buscándome. En eso andaba cuando un chillido ensordecedor me volvió a la realidad. Todos nos detuvimos de golpe y miramos al cielo. Y contra el cielo azul pálido brillante se recortaba la figura de una gran ave que volaba en nuestra dirección. “¡Corran!, ¡Es un Bebehumo!,”, gritó el guía. Faltaba poco para llegar al bosque. En la carrera el guía perdió su sombrero y dos trenzas rojas se descolgaron de su cabeza: era una chica. Justo antes de entrar al bosque, el Bebehumo, que es una especie de gavilán, atrapó al último de mis compañeros.
Este forcejeaba tratando de soltarse la mochila mientras el pájaro levantaba vuelo. Inmediatamente ella buscó algo en su mochila y salió corriendo fuera del bosque. Allí, a la vista de cualquier peligro, comenzó a sonar un flautín. Eran notas agudas, como chillidos cortos de un ave. Y repentinamente una Lechuza Patiblanca salió volando velozmente desde el bosque en dirección al Bebehumo y lo atacó. Patiblanca clavó sus garras en el Bebehumo y este dejo caer a nuestro compañero. Corrimos en la dirección donde había caído y lo encontramos tirado sobre unos hongos silvestres, los cuales habían amortiguado su caída. Velozmente volvimos al bosque y nos internamos en el. Después de un rato de caminata nos sentamos junto a unas rocas.
-Creo que ya podemos descansar y comer algo-, dijo nuestra guía.
-Si, me parece fantástico, me muero de hambre y estoy cansado y me duelen los pies y además…-, dije mientras me sacaba las botas.
-Bueno, bueno, basta de quejas-, interrumpió ella. –Déjeme presentarme, soy Alberaina. Conocida anteriormente como Isabel. Ese era mi nombre humano. Ellos son Gorglain o Ernesto y Jalikloun o Javier-, hicieron una pequeña reverencia mientras sacaban la comida de las mochilas.
-Mucho gusto. Yo soy…-, no lograba recordar mi nombre.
-Enmascarado Anónimo, y tu nuevo nombre es Wastinfig-, dijo ella.
-¡No!, yo tengo otro nombre, mi verdadero nombre. No logro recordarlo.
-¿Otro nombre? Pero si ya tiene dos. ¿Para que quiere otro?. Vamos cómase algo-, y Javier me paso algo de comida.
Mientras comíamos, ellos hablaban, reían, contaban pequeñas historia; Javier hablaba sobre su experiencia en las garras del Bebehumo y no parecía tener miedo. Ninguno parecía tenerlo, solo yo. Observaba a mis compañeros de aventura y veía cuan diferentes eran a mi. Isabel tenía unos grandes ojos esmeralda y un cabello rojo como manzana, nariz y boca pequeñas, manos delicadas, orejas en forma de hoja lanceolada y su piel blanca se iluminaba con los rayos de sol que se colaban entre los árboles. Era delgada y quizás un poco más alta que yo. Javier era regordete, con la cara redonda y cachetes rojizos. Cabello enrulado azul pálido como el cielo del amanecer, ojos cafés, orejas color remolacha y manos grandes. Siempre estaba sonriente y de buen animo. Ernesto era delgado, fuerte y alto. Cabello azul verdoso, liso, ojos azul oscuro, de mirada profunda. Era de pocas palabras y pocas carcajadas. Era algo misterioso. Y finalmente estaba yo, que aun seguía siendo humano.
Terminamos de comer nuestros frutos secos, galletas y leche endulzada con miel. Acomodamos nuestras mochilas y emprendimos el viaje de nuevo. Esta vez nuestro guía era Ernesto e Isabel iba en la retaguardia. Nos adentramos sigilosamente más en el bosque. Me preguntaba si algún otro animal o pajarraco nos iría a atacar de nuevo y si eso pasaba ¿estaría Patiblanca allí para ayunarnos? ¿Qué pasaría si no lograba recordar mi verdadero nombre? ¿Me quedaría allí por siempre? ¿Me convertiría en un vayudin? Y así, sumergido en mis pensamientos, como era de costumbre, me fui olvidando del miedo, e incluso de las mil preguntas que me atormentaban. Empecé a disfrutar de todo lo que nos rodeaba y a sentirme parte de mi nuevo grupo de amigos y hasta a soltar carcajadas con cada historia de Javier.
Aun no había amanecido cuando un golpe en la puerta me despertó. La puerta se abrió lentamente y alguien con un pequeño farol entró. Una ruana cubría su cuerpo y un gran sobrero en su cabeza apenas dejaba ver su cara. Dejo sobre la cama algo y me indico que me lo pusiera. Eran un sombrero, una mochila y una ruana. Me los puse y salimos sigilosamente del cuarto, y comenzamos rápidamente el descenso del árbol. Nos seguían dos duendes más, cada uno con ruana, sombreo, mochila y farol. Llegamos a la puerta principal del roble y nuestro guía se acercó a los guardias y les susurró algo. Estos abrieron la gran puerta y salimos. No sabia que ocurría, tenía miedo, quería hacer mil preguntas, pero también sabia no debía hablar, no en ese momento. Y así en silencio empezamos la marcha rápida alejándonos del gran roble, cruzando el bosque. Empezaba a amanecer y las últimas estrellas del cielo se iban despidiendo con un guiño de buenos días para irse a dormir; hacia frío y los ruidos de la noche iban dando paso al canto de los pájaros. Hacia rato habíamos dejado el bosque y caminábamos por un sendero entre la hierba que nos llegaba un poco más arriba de la cintura. Tal vez era por mi nueva estatura, pero ahora todos mis sentidos se habían agudizado. Podía escuchar el caminar de los insectos; sentir la mas minima brisa en mi cara, incluso aquella tan tenue que apenas movía una hierba, oler a mi compañero que me seguía a dos metros de distancia, aunque creo que serian cincuenta centímetros para nuestro tamaño. A medida que el día aclaraba más, apresurábamos el paso. En la distancia empecé a divisar un bosque. Amaneció completamente y un sol brillante lo ilumino todo, encegueciéndome por un instante y en ese momento nuestra marcha se convirtió en carrera. Entonces entendí que debíamos llegar al refugio del bosque lo más pronto posible, pues con nuestros tamaños éramos presa fácil de cualquier animal o ave. Y en la frenética carrera el recuerdo de mi abuela en su cocina llego a mi mente. Me sonreía y me ofrecía una taza de su rico chocolate. Me preguntaba si no estaría preocupada por mí después de dos días desaparecido. De seguro estaba angustiada, de seguro ya habría llamado a mis padres, de seguro ya habría gente buscándome. En eso andaba cuando un chillido ensordecedor me volvió a la realidad. Todos nos detuvimos de golpe y miramos al cielo. Y contra el cielo azul pálido brillante se recortaba la figura de una gran ave que volaba en nuestra dirección. “¡Corran!, ¡Es un Bebehumo!,”, gritó el guía. Faltaba poco para llegar al bosque. En la carrera el guía perdió su sombrero y dos trenzas rojas se descolgaron de su cabeza: era una chica. Justo antes de entrar al bosque, el Bebehumo, que es una especie de gavilán, atrapó al último de mis compañeros.
Este forcejeaba tratando de soltarse la mochila mientras el pájaro levantaba vuelo. Inmediatamente ella buscó algo en su mochila y salió corriendo fuera del bosque. Allí, a la vista de cualquier peligro, comenzó a sonar un flautín. Eran notas agudas, como chillidos cortos de un ave. Y repentinamente una Lechuza Patiblanca salió volando velozmente desde el bosque en dirección al Bebehumo y lo atacó. Patiblanca clavó sus garras en el Bebehumo y este dejo caer a nuestro compañero. Corrimos en la dirección donde había caído y lo encontramos tirado sobre unos hongos silvestres, los cuales habían amortiguado su caída. Velozmente volvimos al bosque y nos internamos en el. Después de un rato de caminata nos sentamos junto a unas rocas.
-Creo que ya podemos descansar y comer algo-, dijo nuestra guía.
-Si, me parece fantástico, me muero de hambre y estoy cansado y me duelen los pies y además…-, dije mientras me sacaba las botas.
-Bueno, bueno, basta de quejas-, interrumpió ella. –Déjeme presentarme, soy Alberaina. Conocida anteriormente como Isabel. Ese era mi nombre humano. Ellos son Gorglain o Ernesto y Jalikloun o Javier-, hicieron una pequeña reverencia mientras sacaban la comida de las mochilas.
-Mucho gusto. Yo soy…-, no lograba recordar mi nombre.
-Enmascarado Anónimo, y tu nuevo nombre es Wastinfig-, dijo ella.
-¡No!, yo tengo otro nombre, mi verdadero nombre. No logro recordarlo.
-¿Otro nombre? Pero si ya tiene dos. ¿Para que quiere otro?. Vamos cómase algo-, y Javier me paso algo de comida.
Mientras comíamos, ellos hablaban, reían, contaban pequeñas historia; Javier hablaba sobre su experiencia en las garras del Bebehumo y no parecía tener miedo. Ninguno parecía tenerlo, solo yo. Observaba a mis compañeros de aventura y veía cuan diferentes eran a mi. Isabel tenía unos grandes ojos esmeralda y un cabello rojo como manzana, nariz y boca pequeñas, manos delicadas, orejas en forma de hoja lanceolada y su piel blanca se iluminaba con los rayos de sol que se colaban entre los árboles. Era delgada y quizás un poco más alta que yo. Javier era regordete, con la cara redonda y cachetes rojizos. Cabello enrulado azul pálido como el cielo del amanecer, ojos cafés, orejas color remolacha y manos grandes. Siempre estaba sonriente y de buen animo. Ernesto era delgado, fuerte y alto. Cabello azul verdoso, liso, ojos azul oscuro, de mirada profunda. Era de pocas palabras y pocas carcajadas. Era algo misterioso. Y finalmente estaba yo, que aun seguía siendo humano.
Terminamos de comer nuestros frutos secos, galletas y leche endulzada con miel. Acomodamos nuestras mochilas y emprendimos el viaje de nuevo. Esta vez nuestro guía era Ernesto e Isabel iba en la retaguardia. Nos adentramos sigilosamente más en el bosque. Me preguntaba si algún otro animal o pajarraco nos iría a atacar de nuevo y si eso pasaba ¿estaría Patiblanca allí para ayunarnos? ¿Qué pasaría si no lograba recordar mi verdadero nombre? ¿Me quedaría allí por siempre? ¿Me convertiría en un vayudin? Y así, sumergido en mis pensamientos, como era de costumbre, me fui olvidando del miedo, e incluso de las mil preguntas que me atormentaban. Empecé a disfrutar de todo lo que nos rodeaba y a sentirme parte de mi nuevo grupo de amigos y hasta a soltar carcajadas con cada historia de Javier.
domingo, 25 de mayo de 2008
EL ENMASCARADO ANÓNIMO (VI)
Orejas en forma de tubérculos marrón rojizos, rostros pálidos, grandes ojos verdes como el bosque, sonrisa amplia, cabellos enrulados en tonos de ocre, barbas ellos, cabellos largos ellas; vestían ropas marrones, amarillas y verdes, botines de piel con suela de cuero, algunos llevaban sombreros, otros ruanas. Eran los Vayudines. Hablaban mucho, reían, soltaban carcajadas, pero no entendía lo que decían. Uno viejo, supongo que era el jefe, le indico algo a uno de ellos. Este se acerco y me ofreció algunas raíces y me indico con señas que las comiera. Y así hice. Casi inmediatamente comencé a entender su lengua; como si toda la vida la hubiese hablado.
-Bienvenido joven Enmascarado. Bienvenido a Vayudá. Soy Järgunuil, Rey de por estos lares- dijo haciendo una reverencia. Respondí igual con una reverencia.
-Mi amigo mucho ha deseado conocerlos mi señor- dijo Tomás.
-Excelente trabajo mi buen alférez al haberlo guiado hasta acá. ¿Y ya sabe nuestro amigo acerca de la misión que debe realizar?
-¿Misión? ¿Cuál misión?, nadie me dijo nada de eso- dije asombrado.
Todos siguieron hablando, celebrando, ignorando mi asombro; era como una gran fiesta, a la distancia se escuchaban tambores y flautas. Dejamos el claro del bosque atrás. Caminamos por un sendero flaqueado por helechos gigantes. No sabia si sentirme invitado o preso. Llegamos hasta el pie de un gran roble, enorme, tan alto que parecía sostener el cielo estrellado con sus ramas. Nos internamos entre sus raíces, por pasadizos escondidos, cuevas que se iban internando hasta las entrañas mismas del árbol. Allí adentro había todo un pueblo que se elevaba en vertical, como si fuese la savia que mantenía vivo al gran roble. Las casas se iban amontonando unas sobre otras, en espiral, girando hasta perderse en el infinito interno; escaleras que subían y bajaban, balcones que se asomaban, luces que escapaban por las ventanas, los Vayudines estaban por todos lados. Todo un mundo dentro de un árbol. Entre el jolgorio de la gente no vi mas a Tomás. Empezamos a subir por una escalera, pasando por galerías, balcones, tiendas, mezclándonos con el ruido palpitante de la ciudad árbol, con los olores, las miradas, los roces, las miradas. Poco a poco fui absorbido por ese mundo surrealista. Finalmente llegamos a la casa del rey, la cual estaba en la parte más alta.
-Bueno, bueno, mi joven Enmascarado, bienvenido a mi morada. ¿Qué puedo ofrecerle? Jugo de flores de apamate o de frailejones, nueces, almendras, cambures, nísperos…
-Esteee…, el jugo de frailejón esta bien – dije un poco receloso.
-Bueno, bueno, vayamos a lo que nos interesa, que ya falta poco para que la luna este llena de nuevo y poco tiempo nos queda. O mejor dicho, le queda para completar su misión- me sonrío y se sentó al extremo de una gran mesa de madera, invitándome a sentar al otro extremo.
Al parecer, el solo hecho de que yo creyera en la existencia de los duendes y de la magia, había creado una conexión energética entre ellos y yo. Por eso habían enviado a Tomás a buscarme. Supuestamente yo era el único que podía llevar a cabo la misión. ¿Y cuál era la misión? Hace mucho tiempo, mil años o más, cuando aun el rey era un joven y su pueblo se empezaba a instalar por estos páramos y bosques, ocurrió una gran lucha. Una bruja que vivía en una laguna cercana era la señora de todo lo que por estos lugares existía. Dueña de los animales, de las plantas, de las lagunas, de los ríos, del viento. Todos le temían. Era muy despiadada y quien no le obedecía simplemente desaparecía en medio de la neblina. Tanto había llegado a ser su poder, que los humanos empezaron a desaparecer de los pueblos y los senderos cada vez que la neblina aparecía. Y estaba claro para los Vayudines y los demás seres del bosque y los páramos, que la convivencia con los humanos siempre había sido excelente. Jamás debían causarles daño, si no ayudarlos. Esa era la situación cuando Järgunuil y su gente llegaron. Así que se entabló una gran batalla entre la bruja de la laguna y sus seres de la neblina y los Vayudines. Finalmente, después de ciento cincuenta años de lucha, la bruja fue expulsada a la cima de las montañas, allí donde las nieves son eternas. Pero ahora parecía que había logrado escapar de su encierro y andaba haciendo de nuevo de las suyas, reclutando aliados con su neblina. Sorprendía a los incautos humanos en los caminos y senderos y hacia que se perdieran para siempre. Sus familias los daban por muertos, pero no lo estaban, simplemente se convertían arugús, o cuerpos con el alma perdida y pasaban a formar parte de las filas de la bruja. Pero ahora los Vayudines no tenían la fuerza para poder combatirla ellos solos, necesitaban a alguien con la fuerza de los humanos pero con la energía de los duendes para poder derrotarla. Ese era yo.
-Bienvenido joven Enmascarado. Bienvenido a Vayudá. Soy Järgunuil, Rey de por estos lares- dijo haciendo una reverencia. Respondí igual con una reverencia.
-Mi amigo mucho ha deseado conocerlos mi señor- dijo Tomás.
-Excelente trabajo mi buen alférez al haberlo guiado hasta acá. ¿Y ya sabe nuestro amigo acerca de la misión que debe realizar?
-¿Misión? ¿Cuál misión?, nadie me dijo nada de eso- dije asombrado.
Todos siguieron hablando, celebrando, ignorando mi asombro; era como una gran fiesta, a la distancia se escuchaban tambores y flautas. Dejamos el claro del bosque atrás. Caminamos por un sendero flaqueado por helechos gigantes. No sabia si sentirme invitado o preso. Llegamos hasta el pie de un gran roble, enorme, tan alto que parecía sostener el cielo estrellado con sus ramas. Nos internamos entre sus raíces, por pasadizos escondidos, cuevas que se iban internando hasta las entrañas mismas del árbol. Allí adentro había todo un pueblo que se elevaba en vertical, como si fuese la savia que mantenía vivo al gran roble. Las casas se iban amontonando unas sobre otras, en espiral, girando hasta perderse en el infinito interno; escaleras que subían y bajaban, balcones que se asomaban, luces que escapaban por las ventanas, los Vayudines estaban por todos lados. Todo un mundo dentro de un árbol. Entre el jolgorio de la gente no vi mas a Tomás. Empezamos a subir por una escalera, pasando por galerías, balcones, tiendas, mezclándonos con el ruido palpitante de la ciudad árbol, con los olores, las miradas, los roces, las miradas. Poco a poco fui absorbido por ese mundo surrealista. Finalmente llegamos a la casa del rey, la cual estaba en la parte más alta.
-Bueno, bueno, mi joven Enmascarado, bienvenido a mi morada. ¿Qué puedo ofrecerle? Jugo de flores de apamate o de frailejones, nueces, almendras, cambures, nísperos…
-Esteee…, el jugo de frailejón esta bien – dije un poco receloso.
-Bueno, bueno, vayamos a lo que nos interesa, que ya falta poco para que la luna este llena de nuevo y poco tiempo nos queda. O mejor dicho, le queda para completar su misión- me sonrío y se sentó al extremo de una gran mesa de madera, invitándome a sentar al otro extremo.
Al parecer, el solo hecho de que yo creyera en la existencia de los duendes y de la magia, había creado una conexión energética entre ellos y yo. Por eso habían enviado a Tomás a buscarme. Supuestamente yo era el único que podía llevar a cabo la misión. ¿Y cuál era la misión? Hace mucho tiempo, mil años o más, cuando aun el rey era un joven y su pueblo se empezaba a instalar por estos páramos y bosques, ocurrió una gran lucha. Una bruja que vivía en una laguna cercana era la señora de todo lo que por estos lugares existía. Dueña de los animales, de las plantas, de las lagunas, de los ríos, del viento. Todos le temían. Era muy despiadada y quien no le obedecía simplemente desaparecía en medio de la neblina. Tanto había llegado a ser su poder, que los humanos empezaron a desaparecer de los pueblos y los senderos cada vez que la neblina aparecía. Y estaba claro para los Vayudines y los demás seres del bosque y los páramos, que la convivencia con los humanos siempre había sido excelente. Jamás debían causarles daño, si no ayudarlos. Esa era la situación cuando Järgunuil y su gente llegaron. Así que se entabló una gran batalla entre la bruja de la laguna y sus seres de la neblina y los Vayudines. Finalmente, después de ciento cincuenta años de lucha, la bruja fue expulsada a la cima de las montañas, allí donde las nieves son eternas. Pero ahora parecía que había logrado escapar de su encierro y andaba haciendo de nuevo de las suyas, reclutando aliados con su neblina. Sorprendía a los incautos humanos en los caminos y senderos y hacia que se perdieran para siempre. Sus familias los daban por muertos, pero no lo estaban, simplemente se convertían arugús, o cuerpos con el alma perdida y pasaban a formar parte de las filas de la bruja. Pero ahora los Vayudines no tenían la fuerza para poder combatirla ellos solos, necesitaban a alguien con la fuerza de los humanos pero con la energía de los duendes para poder derrotarla. Ese era yo.
martes, 13 de mayo de 2008
EL ENMASCARADO ANÓNIMO (V)
Me senté recostado de un gran árbol y me puse a ver el cielo. Ya las primeras estrellas estaban apareciendo. Tomás recogía algunas ramas para hacer una fogata. Hacia algo de frío, tenia hambre y sueño. Tomas se acercó al montoncito de ramas secas e hizo que ardieran en fuego con solo pasar su mano derecha sobre ellas. Otra de las maravillas que aquel lugar le permitía hacer, además de volar.
-¿Tiene hambre? – me preguntó a la vez que me alcanzaba unos hongos violeta que había recogido entre los arbustos.
-Si tengo, pero no creerás que voy a comerme eso. Deben ser venenosos, prefiero comerme las arepas – y metí mi mano en el bolsillo.
-No son venenosos, confíe en mí. Además esas arepas son para los duendes. Déjelas allí, cerca del fuego.
-Bueno – dije de mala gana y agarré un puñado de hongos y me los metí en la boca. Tenían un sabor extraño. Deje las arepas sobre una roca cerca del fuego y volví a sentarme.
Mientras masticaba aquellos hongos gomosos, empecé a caer como en un letargo, sentía que mi cuerpo no pesaba nada y que cada vez mas el bosque se hacia más grande y las estrellas en el cielo más lejanas. De repente estaba caminando sobre un lago oscuro, era como un cristal donde se reflejaban las estrellas. En el centro del lago había una puerta de madera con una cinta roja clavada en el centro y de la cual pendía un cascabel dorado, como esos de los de navidad. Caminé hasta ella y por más que quería darle la vuelta para ver el otro lado, siempre el otro lado era el lado del cascabel. Así que tome la cinta e hice sonar el cascabel tres veces. La puerta se abrió. Di unos pasos más allá del marco y me encontré en un inmenso salón circular con pisos de madera y una cúpula de vidrio por donde se podía ver el cielo azul. Las paredes estaban totalmente cubiertas con una biblioteca atestada de libros. Había muchos libros. En el centro se encontraba un agujero y dentro una escalera que bajaba en espiral hasta perderse en la oscuridad. Cuando me disponía a bajar, mi atención fue capturada por uno de los libros en la biblioteca. Lo tomé y lo abrí a la mitad. Una hermosa ilustración mostraba un claro de un bosque y a un chico sentado bajo un gran árbol frente a una fogata. El chico tenía alas, como las de las libélulas, y en su mano derecha sostenía un cubo dorado. Cuando me disponía a pasar la página una voz lejana me sacó de la habitación.
-Despiértese, despiértese. Ya están aquí – decía Tomás a la vez que me movía por el hombro.
-¿Quienes? – dije aun medio dormido.
Abrí completamente los ojos y me puse de pie. Ahora el bosque que nos rodeaba tenía dimensiones gigantescas y los arbustos parecían árboles. La fogata era una gran pira de fuego y las hojas secas eran del tamaño de un auto pequeño. Las arepas sobre la roca eran tan grandes que hubiesen podido alimentar a un batallón. Nos habíamos encogido, tendríamos unos veinte centímetros de alto. Podía también escuchar todos los sonidos del bosque, hasta el más mínimo. Mi ropa era del color del otoño. Entre los árboles, los anteriores arbustos, pude escuchar unas voces que murmuraban algo y pude ver unos ojos que me observaban. Se reían, hablaban en un lenguaje que no entendía. Comencé a escuchar una música lejana que se iba mezclando entre las hojas, las ramas, las rocas, el aire. Tenia miedo, eso de ser tan pequeño te hace sentir vulnerable. Pensaba que podría venir una hormiga gigante y comernos, así como en las pelis de la tele, o aun peor, morir ahogados con una gota de lluvia. Así que caminé hacia Tomás y me coloque detrás de él.
-No tenga miedo, son nuestros amigos, los Vayudines
-¿Los duendes? –pregunté.
-Si, esos mismos. Pero ellos son los…
-Si, los Vayudines -interrumpí.
-Venga que se los presento.
Caminamos hacia el borde del claro, hacia donde estaban las miradas y las risas. Siempre me mantuve en la retaguardia, porque a pesar de todo seguía teniendo miedo, a pesar de ser el enmascarado anónimo tenía miedo. Era un miedo extraño, no era como aquel que sentí cuando me caí con los patines por las escaleras, o cuando mi mama se enfermo gravemente y estuvo varios días en el hospital, ni siquiera el que se siente cuando ves alguna película de terror. Este era diferente, era un miedo a saber posible lo imposible, a enfrentarte cara a cara con tus sueños, en darte cuenta que los cuentos y las historias si son reales. Era un miedo a que la magia realmente existiera. A medida que nos acercamos Tomás levantó su brazo derecho y dijo algo en ese lenguaje que no entendía. Inmediatamente las risas y las palabras adquirieron forma. Eran los Vayudines.
-¿Tiene hambre? – me preguntó a la vez que me alcanzaba unos hongos violeta que había recogido entre los arbustos.
-Si tengo, pero no creerás que voy a comerme eso. Deben ser venenosos, prefiero comerme las arepas – y metí mi mano en el bolsillo.
-No son venenosos, confíe en mí. Además esas arepas son para los duendes. Déjelas allí, cerca del fuego.
-Bueno – dije de mala gana y agarré un puñado de hongos y me los metí en la boca. Tenían un sabor extraño. Deje las arepas sobre una roca cerca del fuego y volví a sentarme.
Mientras masticaba aquellos hongos gomosos, empecé a caer como en un letargo, sentía que mi cuerpo no pesaba nada y que cada vez mas el bosque se hacia más grande y las estrellas en el cielo más lejanas. De repente estaba caminando sobre un lago oscuro, era como un cristal donde se reflejaban las estrellas. En el centro del lago había una puerta de madera con una cinta roja clavada en el centro y de la cual pendía un cascabel dorado, como esos de los de navidad. Caminé hasta ella y por más que quería darle la vuelta para ver el otro lado, siempre el otro lado era el lado del cascabel. Así que tome la cinta e hice sonar el cascabel tres veces. La puerta se abrió. Di unos pasos más allá del marco y me encontré en un inmenso salón circular con pisos de madera y una cúpula de vidrio por donde se podía ver el cielo azul. Las paredes estaban totalmente cubiertas con una biblioteca atestada de libros. Había muchos libros. En el centro se encontraba un agujero y dentro una escalera que bajaba en espiral hasta perderse en la oscuridad. Cuando me disponía a bajar, mi atención fue capturada por uno de los libros en la biblioteca. Lo tomé y lo abrí a la mitad. Una hermosa ilustración mostraba un claro de un bosque y a un chico sentado bajo un gran árbol frente a una fogata. El chico tenía alas, como las de las libélulas, y en su mano derecha sostenía un cubo dorado. Cuando me disponía a pasar la página una voz lejana me sacó de la habitación.
-Despiértese, despiértese. Ya están aquí – decía Tomás a la vez que me movía por el hombro.
-¿Quienes? – dije aun medio dormido.
Abrí completamente los ojos y me puse de pie. Ahora el bosque que nos rodeaba tenía dimensiones gigantescas y los arbustos parecían árboles. La fogata era una gran pira de fuego y las hojas secas eran del tamaño de un auto pequeño. Las arepas sobre la roca eran tan grandes que hubiesen podido alimentar a un batallón. Nos habíamos encogido, tendríamos unos veinte centímetros de alto. Podía también escuchar todos los sonidos del bosque, hasta el más mínimo. Mi ropa era del color del otoño. Entre los árboles, los anteriores arbustos, pude escuchar unas voces que murmuraban algo y pude ver unos ojos que me observaban. Se reían, hablaban en un lenguaje que no entendía. Comencé a escuchar una música lejana que se iba mezclando entre las hojas, las ramas, las rocas, el aire. Tenia miedo, eso de ser tan pequeño te hace sentir vulnerable. Pensaba que podría venir una hormiga gigante y comernos, así como en las pelis de la tele, o aun peor, morir ahogados con una gota de lluvia. Así que caminé hacia Tomás y me coloque detrás de él.
-No tenga miedo, son nuestros amigos, los Vayudines
-¿Los duendes? –pregunté.
-Si, esos mismos. Pero ellos son los…
-Si, los Vayudines -interrumpí.
-Venga que se los presento.
Caminamos hacia el borde del claro, hacia donde estaban las miradas y las risas. Siempre me mantuve en la retaguardia, porque a pesar de todo seguía teniendo miedo, a pesar de ser el enmascarado anónimo tenía miedo. Era un miedo extraño, no era como aquel que sentí cuando me caí con los patines por las escaleras, o cuando mi mama se enfermo gravemente y estuvo varios días en el hospital, ni siquiera el que se siente cuando ves alguna película de terror. Este era diferente, era un miedo a saber posible lo imposible, a enfrentarte cara a cara con tus sueños, en darte cuenta que los cuentos y las historias si son reales. Era un miedo a que la magia realmente existiera. A medida que nos acercamos Tomás levantó su brazo derecho y dijo algo en ese lenguaje que no entendía. Inmediatamente las risas y las palabras adquirieron forma. Eran los Vayudines.
sábado, 26 de abril de 2008
EL ENMASCARADO ANÓNIMO (IV)
IV
Iba tan sumergido en esos buenos recuerdos que casi no me doy cuenta del precipicio que estaba al frente y si no es porque Tomás me agarró de la ruana hubiese caído al vacío. Era como un profundo cañón excavado en la roca y en el fondo, a quien sabe cuantos cientos de metros, se podía ver un río. El bosque estaba del otro lado y no veía un puente por donde cruzar. Mis ilusiones por ver los duendes desaparecieron. Era totalmente imposible llegar al otro lado.
-Bueno, tendremos que saltar- dijo Tomas mientras corría en dirección opuesta al desfiladero. –Solo tiene que hacer lo que yo haga
-¿Qué? Nos vamos a matar…
No había terminado de hablar cuando Tomas ya corría a toda velocidad rumbo a la muerte. Me quedé petrificado, no sabía que hacer. Unos pasos antes de llegar al borde, levantó sus brazos a los lados como si fuese a volar y….voló!. No lo podía creer, estaba volando sobre el precipicio. Parecía no tener peso alguno, era ligero como un ave. Tenía los ojos cerrados y una gran sonrisa de placer, de seguro no era la primera vez que lo hacía. Me quedé pasmado, con la boca y los ojos bien abiertos, sin poder moverme. Aquello era totalmente imposible, iba en contra de todas las leyes de la naturaleza, por lo menos en contra de todo lo que había aprendido de los programas de National Geographic. ¿Sería que en ese lugar había alguna anomalía con la gravedad terrestre? ¿Era Tomás un extraterrestre?, y así mil preguntas más daban vuelta en mi cabeza tratando de buscar una respuesta lógica. Y en medio de ese auto cuestionario vi como él “aterrizaba” en el otro lado.
-¡Es su turno!- Gritó
-¡No puedo hacerlo, es imposible!- respondí desde el borde mientras empujaba un piedra con mi pie y veía como se perdía en el fondo, chocando con los bordes rocosos del precipicio.
-¡Aquí todo es posible, ya verá! ¡Inténtelo! ¡Es el Enmascarado Anónimo!
-Bueno- Murmuré. –Si, soy el Enmascarado Anónimo.
Caminé hasta una distancia en la que creía que podía tomar bastante impulso para saltar. Mi corazón iba a salírseme del pecho y a pesar del frío, estaba sudando. Además tenía el morral, no lo podía dejar porque tenía las arepas para los duendes y mi cámara y no lo podía cargar porque sumaría peso a mi cuerpo, aunque realmente yo no pesaba mucho. Decidí dejarlo. Me puse un par de arepas en los bolsillos del pantalón y dejé el resto debajo de un arbusto. Miré al otro lado y vi como la neblina salía del bosque y se deslizaba suavemente al ras del suelo, hasta llegar a los pies de Tomás para luego caer como una cascada hacia el fondo. Respiré tan profundo como pude, cerré los ojos y emprendí mi carrera hacia el borde.
Cuado abrí los ojos me encontraba caminando dentro del bosque. Lo había logrado, pero ¿cómo? Eso quizás no importaba, ya estaba allí. Tomás iba caminando unos pasos adelante de mi. El bosque era hermoso: enormes árboles, helechos gigantes, flores de muchos colores, y una tenue luz verde se filtraba por todas partes. Ya no hacia frío, tampoco calor. No se escuchaba más que nuestros pasos sobre las hojas secas. La neblina había desaparecido. Aceleré el paso hasta alcanzar a Tomás.
-¿Cuánto tiempo llevamos caminando?
-Jejejeje, largo rato.
-¿Cuánto?
-Unas tres horas, creo, no se, no estoy seguro. Aquí el tiempo no es importante.
-¿Tanto?, debo volver a casa a las…- Mi reloj había desaparecido.
-No se preocupe, llegará a tiempo para cenar con su abuela.
Debía confiar en él, no tenia alternativa. Metí mis manos en los bolsillos y las arepas seguían allí, algo desechas, y la estampita de la Virgen también. No sabía rezar ni el padre nuestro. Realmente no era muy religioso aunque tenía mis creencias. Mis padres jamás iban a misa, mi papá era chef y mamá decoradora de interiores, vaya mezcla. Él siempre preocupado por la armonía y estética culinaria, ella por lo de lo cotidiano. Mi hermana, por su novio. Vaya suerte la mía, haber nacido en una familia sin creencias en lo divino. De seguro esa estampita se la compró mi mamá a alguna niña de la calle mientras esperaba en el tráfico de la avenida Francisco de Miranda, para que la dejara en paz. Y yo creyendo en duendes, hadas, extraterrestres, vírgenes, dragones, milagros, agujeros negros y hasta en Dios. Total, apreté fuertemente a la Virgen y le pedí que me cuidara. Y sin darme cuenta, absorto en mis pensamientos como siempre, llegamos a un claro en el bosque. Estaba oscureciendo.
Iba tan sumergido en esos buenos recuerdos que casi no me doy cuenta del precipicio que estaba al frente y si no es porque Tomás me agarró de la ruana hubiese caído al vacío. Era como un profundo cañón excavado en la roca y en el fondo, a quien sabe cuantos cientos de metros, se podía ver un río. El bosque estaba del otro lado y no veía un puente por donde cruzar. Mis ilusiones por ver los duendes desaparecieron. Era totalmente imposible llegar al otro lado.
-Bueno, tendremos que saltar- dijo Tomas mientras corría en dirección opuesta al desfiladero. –Solo tiene que hacer lo que yo haga
-¿Qué? Nos vamos a matar…
No había terminado de hablar cuando Tomas ya corría a toda velocidad rumbo a la muerte. Me quedé petrificado, no sabía que hacer. Unos pasos antes de llegar al borde, levantó sus brazos a los lados como si fuese a volar y….voló!. No lo podía creer, estaba volando sobre el precipicio. Parecía no tener peso alguno, era ligero como un ave. Tenía los ojos cerrados y una gran sonrisa de placer, de seguro no era la primera vez que lo hacía. Me quedé pasmado, con la boca y los ojos bien abiertos, sin poder moverme. Aquello era totalmente imposible, iba en contra de todas las leyes de la naturaleza, por lo menos en contra de todo lo que había aprendido de los programas de National Geographic. ¿Sería que en ese lugar había alguna anomalía con la gravedad terrestre? ¿Era Tomás un extraterrestre?, y así mil preguntas más daban vuelta en mi cabeza tratando de buscar una respuesta lógica. Y en medio de ese auto cuestionario vi como él “aterrizaba” en el otro lado.
-¡Es su turno!- Gritó
-¡No puedo hacerlo, es imposible!- respondí desde el borde mientras empujaba un piedra con mi pie y veía como se perdía en el fondo, chocando con los bordes rocosos del precipicio.
-¡Aquí todo es posible, ya verá! ¡Inténtelo! ¡Es el Enmascarado Anónimo!
-Bueno- Murmuré. –Si, soy el Enmascarado Anónimo.
Caminé hasta una distancia en la que creía que podía tomar bastante impulso para saltar. Mi corazón iba a salírseme del pecho y a pesar del frío, estaba sudando. Además tenía el morral, no lo podía dejar porque tenía las arepas para los duendes y mi cámara y no lo podía cargar porque sumaría peso a mi cuerpo, aunque realmente yo no pesaba mucho. Decidí dejarlo. Me puse un par de arepas en los bolsillos del pantalón y dejé el resto debajo de un arbusto. Miré al otro lado y vi como la neblina salía del bosque y se deslizaba suavemente al ras del suelo, hasta llegar a los pies de Tomás para luego caer como una cascada hacia el fondo. Respiré tan profundo como pude, cerré los ojos y emprendí mi carrera hacia el borde.
Cuado abrí los ojos me encontraba caminando dentro del bosque. Lo había logrado, pero ¿cómo? Eso quizás no importaba, ya estaba allí. Tomás iba caminando unos pasos adelante de mi. El bosque era hermoso: enormes árboles, helechos gigantes, flores de muchos colores, y una tenue luz verde se filtraba por todas partes. Ya no hacia frío, tampoco calor. No se escuchaba más que nuestros pasos sobre las hojas secas. La neblina había desaparecido. Aceleré el paso hasta alcanzar a Tomás.
-¿Cuánto tiempo llevamos caminando?
-Jejejeje, largo rato.
-¿Cuánto?
-Unas tres horas, creo, no se, no estoy seguro. Aquí el tiempo no es importante.
-¿Tanto?, debo volver a casa a las…- Mi reloj había desaparecido.
-No se preocupe, llegará a tiempo para cenar con su abuela.
Debía confiar en él, no tenia alternativa. Metí mis manos en los bolsillos y las arepas seguían allí, algo desechas, y la estampita de la Virgen también. No sabía rezar ni el padre nuestro. Realmente no era muy religioso aunque tenía mis creencias. Mis padres jamás iban a misa, mi papá era chef y mamá decoradora de interiores, vaya mezcla. Él siempre preocupado por la armonía y estética culinaria, ella por lo de lo cotidiano. Mi hermana, por su novio. Vaya suerte la mía, haber nacido en una familia sin creencias en lo divino. De seguro esa estampita se la compró mi mamá a alguna niña de la calle mientras esperaba en el tráfico de la avenida Francisco de Miranda, para que la dejara en paz. Y yo creyendo en duendes, hadas, extraterrestres, vírgenes, dragones, milagros, agujeros negros y hasta en Dios. Total, apreté fuertemente a la Virgen y le pedí que me cuidara. Y sin darme cuenta, absorto en mis pensamientos como siempre, llegamos a un claro en el bosque. Estaba oscureciendo.
viernes, 25 de abril de 2008
EL ENMASCARADO ANÓNIMO (III)
III
A las seis de la mañana sonó el despertador de mi reloj. Hacia frío y aún estaba oscuro. Siempre tarda en amanecer en el páramo. Me levanté envuelto en una gruesa cobija de lana de oveja y me asomé por la ventana. Afuera había mucha neblina, apenas se podía ver mas allá de unos tres o cuatro metros. Esperaba que la niebla se levantara mas tarde, para cuando fuera a encontrarme con Tomas. Y para ser sincero, ese asunto de los duendes realmente me llamaba la atención y todo aquello de que eran puras boberías las había dicho solo para no parecer un tonto. De corazón esperaba poder ver alguno. Recordé un libro sobre Gnomos que me regaló mi papá hace algún tiempo. Hablaba de los diferentes tipos que existían, de cómo vivían y sus costumbres. También sabia, porque mi abuela me había contado, que en los andes había una larga tradición de historias sobre duendes, hadas, brujas y espíritus que viven en los lagos y ríos. Claro, suponía que no debían parecerse a los del libro, ya que esos eran de otros lugares, como Irlanda o Inglaterra. Así, con esa expectativa comencé a preparar mi mochila: puse un suéter, una brújula que me había traído de Caracas, un cuaderno de notas, algunos lápices, una estampita de la Virgen del Valle que me había dado mi mamá, un libro que compré en una feria de libros unos días antes de venirme (era la historia de un chico de unos 120 Kg. que se enamora de una modelo de una revista Cosmopolitan) y que apenas había empezado a leer y mi cámara. Ya mi abuela se había levantado hace rato, pues el olor a desayuno ya llegaba a mi habitación. Me lavé la cara y los dientes, me vestí y baje corriendo las escaleras.
-¡Buenos días Abue!
-¡Buenos días! Vaya, que madrugador. ¿Por qué no vuelves a la cama hasta que este listo el desayuno?- dijo mientras seguía en sus labores.
-No puedo, debo ir a la cassss……- Casi metía la pata y le decía que iba a donde me dijo que no fuera.-¿A dónde vas?-Hummmmm, bueno, a dar una vuelta por acá y a tomar unas fotos. No tengo fotos de neblinas.- Le dije mientras apretaba los dedos de los pies en los zapatos esperando que no se diera vuelta y descubriera mi mentira.
-¿La neblina? Si, es muy bonita pero traicionera. Tomate por lo menos el chocolate caliente y pon unas arepas en el morral por si te da hambre. Anda, siéntate un momento.- Y se sentó acercándome una taza de chocolate caliente.
Me senté y me contó sobre lo peligroso que es la neblina cuando no se conocen los alrededores y de cómo muchas personas se han perdido y mas nunca han vuelto a aparecer, incluso gente experimentada de la zona.
-Si mijo, mucha gente de por aquí se ha perdido. La neblina es traicionera. Los demás creen que se han muerto, pero siguen por allí, vagando por los valles y colinas, escondiéndose detrás de los árboles y rocas, en las vueltas de los caminos, en los lagos y ríos, y si no andas alerta, traen la neblina y te llevan con ellos.- Y su mirada se volvió perdida, como buscando un lejano recuerdo en su memoria.
-¿Son como fantasmas?- Pregunté mientras terminaba mi chocolate.
-No, no. Porque no están en este mundo ni en el otro. Solo vagan por allí, solitarios, tristes.
-Bueno Abue, ya me voy, nos vemos al rato- Tome mis cosas, le di un beso y salí.
Mientras la puerta se cerraba detrás de mi, alcancé a escuchar que decía: “Pobre Tomas…” No logre escuchar lo demás y no quise devolverme. Tal vez era otro Tomas. En fin, no le hice mucho caso y emprendí mi camino entre la niebla. Tomé una rama gruesa y larga para que me sirviera de guía. Alcancé la pared de piedra y la salté. No había vacas del otro lado. Ni una. Llegué hasta el basamento de piedra de la casa pero Tomas no estaba allí como habíamos acordado. Pensé que a lo mejor era muy temprano y que tendría que esperar. Levanté el banquillo y me senté a esperar. Habría pasado una media hora y seguía allí solo. Entonces se me ocurrió volver a asomarme por la ventana. Me subí al banco y lentamente me fui asomando. Adentro estaba muy oscuro. Ni una sola fuente de luz. Era extraño. Al fondo en el rincón pude divisar la forma del sillón y me pareció ver la silueta del señor Leoncio. Y justo en ese momento volví a caer al suelo.
-Jajajajajajaja- Tomas rió con todas sus fuerzas, tanto que me pareció que la risa venía de todas partes del valle.
-¡Ey! No vuelvas a hacer eso.- Le grité en tono molesto y aún con el corazón saltando del susto.
-¿Listo? Vamos.
-Si, vamos.
Emprendimos el camino hacia la colina. Tomas no traía mochila y vestía con la misma ropa del día anterior. Parecía conocer muy bien el valle y sus senderos, ya que a pesar de la densa niebla parecía saber donde estaba cada piedra del camino. A medida que subíamos por la colina, la cual ahora se me hacia más alta, la niebla se iba quedando abajo en el valle y podíamos ver el cielo azul. Por fin llegamos a la cima. Apenas podía respirar, estaba cansado y muerto de hambre. Abajo quedó el valle sumergido en la niebla y del otro lado estaba el ansiado bosque. Nos sentamos un momento en la hierba.
-¿Quieres una arepa? Tienen queso.- Le dije a la vez que le ofrecía una.
-No gracias. No se las coma todas, recuerde dejar unas para cuando estemos en el bosque.- Respondió dándome una palmadita en la espalda.
-Si claro, para los duendes.
-Hay mucho movimiento hoy allá abajo- Y señaló hacia el bosque.
-¿En serio? No veo nada.- Traté de agudizar mi vista pero solo alcance a ver un pájaro que salió volando de algún árbol, si es que era un pájaro.
-Sigamos.
Nos levantamos y comenzamos a bajar la colina. Abajo nos esperaba un valle y luego el bosque. Este estaba como a quinientos metros, pero parecía que nunca íbamos a llegar. Caminamos largo rato. Ya la mochila se me hacia pesada y me provocaba dejarla por el camino. Empezó a soplar una brisa fría que me cortaba la cara. Recordé un libro que había leído, en el que el protagonista tenía que andar a pie largas distancias cargando algo muy pesado, no recordaba que era, tal vez era una mochila como la mía; y para no cansarse, el protagonista dejaba de pensar en el peso y se dedicaba a pensar en cosas agradables y así su carga se hacia ligera. Entonces empecé a recordar cosas de Caracas. Los domingos en el cine, las visitas a los zoológicos, los videos juegos, el ipod que quería que el Niño Jesús me trajera para navidad, y así sucesivamente. Los recuerdos y los pensamientos se fueron agolpando a una velocidad increíble en mi cabeza que deje de pensar en mi morral. Funcionó.
A las seis de la mañana sonó el despertador de mi reloj. Hacia frío y aún estaba oscuro. Siempre tarda en amanecer en el páramo. Me levanté envuelto en una gruesa cobija de lana de oveja y me asomé por la ventana. Afuera había mucha neblina, apenas se podía ver mas allá de unos tres o cuatro metros. Esperaba que la niebla se levantara mas tarde, para cuando fuera a encontrarme con Tomas. Y para ser sincero, ese asunto de los duendes realmente me llamaba la atención y todo aquello de que eran puras boberías las había dicho solo para no parecer un tonto. De corazón esperaba poder ver alguno. Recordé un libro sobre Gnomos que me regaló mi papá hace algún tiempo. Hablaba de los diferentes tipos que existían, de cómo vivían y sus costumbres. También sabia, porque mi abuela me había contado, que en los andes había una larga tradición de historias sobre duendes, hadas, brujas y espíritus que viven en los lagos y ríos. Claro, suponía que no debían parecerse a los del libro, ya que esos eran de otros lugares, como Irlanda o Inglaterra. Así, con esa expectativa comencé a preparar mi mochila: puse un suéter, una brújula que me había traído de Caracas, un cuaderno de notas, algunos lápices, una estampita de la Virgen del Valle que me había dado mi mamá, un libro que compré en una feria de libros unos días antes de venirme (era la historia de un chico de unos 120 Kg. que se enamora de una modelo de una revista Cosmopolitan) y que apenas había empezado a leer y mi cámara. Ya mi abuela se había levantado hace rato, pues el olor a desayuno ya llegaba a mi habitación. Me lavé la cara y los dientes, me vestí y baje corriendo las escaleras.
-¡Buenos días Abue!
-¡Buenos días! Vaya, que madrugador. ¿Por qué no vuelves a la cama hasta que este listo el desayuno?- dijo mientras seguía en sus labores.
-No puedo, debo ir a la cassss……- Casi metía la pata y le decía que iba a donde me dijo que no fuera.-¿A dónde vas?-Hummmmm, bueno, a dar una vuelta por acá y a tomar unas fotos. No tengo fotos de neblinas.- Le dije mientras apretaba los dedos de los pies en los zapatos esperando que no se diera vuelta y descubriera mi mentira.
-¿La neblina? Si, es muy bonita pero traicionera. Tomate por lo menos el chocolate caliente y pon unas arepas en el morral por si te da hambre. Anda, siéntate un momento.- Y se sentó acercándome una taza de chocolate caliente.
Me senté y me contó sobre lo peligroso que es la neblina cuando no se conocen los alrededores y de cómo muchas personas se han perdido y mas nunca han vuelto a aparecer, incluso gente experimentada de la zona.
-Si mijo, mucha gente de por aquí se ha perdido. La neblina es traicionera. Los demás creen que se han muerto, pero siguen por allí, vagando por los valles y colinas, escondiéndose detrás de los árboles y rocas, en las vueltas de los caminos, en los lagos y ríos, y si no andas alerta, traen la neblina y te llevan con ellos.- Y su mirada se volvió perdida, como buscando un lejano recuerdo en su memoria.
-¿Son como fantasmas?- Pregunté mientras terminaba mi chocolate.
-No, no. Porque no están en este mundo ni en el otro. Solo vagan por allí, solitarios, tristes.
-Bueno Abue, ya me voy, nos vemos al rato- Tome mis cosas, le di un beso y salí.
Mientras la puerta se cerraba detrás de mi, alcancé a escuchar que decía: “Pobre Tomas…” No logre escuchar lo demás y no quise devolverme. Tal vez era otro Tomas. En fin, no le hice mucho caso y emprendí mi camino entre la niebla. Tomé una rama gruesa y larga para que me sirviera de guía. Alcancé la pared de piedra y la salté. No había vacas del otro lado. Ni una. Llegué hasta el basamento de piedra de la casa pero Tomas no estaba allí como habíamos acordado. Pensé que a lo mejor era muy temprano y que tendría que esperar. Levanté el banquillo y me senté a esperar. Habría pasado una media hora y seguía allí solo. Entonces se me ocurrió volver a asomarme por la ventana. Me subí al banco y lentamente me fui asomando. Adentro estaba muy oscuro. Ni una sola fuente de luz. Era extraño. Al fondo en el rincón pude divisar la forma del sillón y me pareció ver la silueta del señor Leoncio. Y justo en ese momento volví a caer al suelo.
-Jajajajajajaja- Tomas rió con todas sus fuerzas, tanto que me pareció que la risa venía de todas partes del valle.
-¡Ey! No vuelvas a hacer eso.- Le grité en tono molesto y aún con el corazón saltando del susto.
-¿Listo? Vamos.
-Si, vamos.
Emprendimos el camino hacia la colina. Tomas no traía mochila y vestía con la misma ropa del día anterior. Parecía conocer muy bien el valle y sus senderos, ya que a pesar de la densa niebla parecía saber donde estaba cada piedra del camino. A medida que subíamos por la colina, la cual ahora se me hacia más alta, la niebla se iba quedando abajo en el valle y podíamos ver el cielo azul. Por fin llegamos a la cima. Apenas podía respirar, estaba cansado y muerto de hambre. Abajo quedó el valle sumergido en la niebla y del otro lado estaba el ansiado bosque. Nos sentamos un momento en la hierba.
-¿Quieres una arepa? Tienen queso.- Le dije a la vez que le ofrecía una.
-No gracias. No se las coma todas, recuerde dejar unas para cuando estemos en el bosque.- Respondió dándome una palmadita en la espalda.
-Si claro, para los duendes.
-Hay mucho movimiento hoy allá abajo- Y señaló hacia el bosque.
-¿En serio? No veo nada.- Traté de agudizar mi vista pero solo alcance a ver un pájaro que salió volando de algún árbol, si es que era un pájaro.
-Sigamos.
Nos levantamos y comenzamos a bajar la colina. Abajo nos esperaba un valle y luego el bosque. Este estaba como a quinientos metros, pero parecía que nunca íbamos a llegar. Caminamos largo rato. Ya la mochila se me hacia pesada y me provocaba dejarla por el camino. Empezó a soplar una brisa fría que me cortaba la cara. Recordé un libro que había leído, en el que el protagonista tenía que andar a pie largas distancias cargando algo muy pesado, no recordaba que era, tal vez era una mochila como la mía; y para no cansarse, el protagonista dejaba de pensar en el peso y se dedicaba a pensar en cosas agradables y así su carga se hacia ligera. Entonces empecé a recordar cosas de Caracas. Los domingos en el cine, las visitas a los zoológicos, los videos juegos, el ipod que quería que el Niño Jesús me trajera para navidad, y así sucesivamente. Los recuerdos y los pensamientos se fueron agolpando a una velocidad increíble en mi cabeza que deje de pensar en mi morral. Funcionó.
domingo, 20 de abril de 2008
EL ENMASCARADO ANÓNIMO (II)
II
Así que tome todo el aire que podían caber en mis pulmones y emprendí una carrera entre las vacas. Casi con los ojos cerrados trataba de correr en línea recta hasta la casa, empujando las grandes panzas de los animalazos. Algunas mugían, otras apenas se movían, pero todas apestaban. Sus ojos sin profundidad y grandes pestañas me miraban como desde otro mundo. Finalmente llegué a la pared de piedra de la casa. Esta era de gruesos muros blancos de cal y estaba construida sobre una base de piedra lo que me impedía asomarme por las ventanas. Busqué cerca algo para poder subirme y encontré un pequeño banquillo. Sobre el banco y de puntillas logre alcanzar a ver por la ventana. El interior estaba oscuro, apenas algunos rayos de luz se introducían a duras penas por las hendijas en el techo y por algún cristal de las ventanas que aun la mugre no había. Podía verse que todo estaba lleno de polvo y telarañas. Era algo así como que el tiempo se detuvo en algún momento en ese lugar. Me daba un poco de temor. Estaba apunto de bajarme cuando de repente pude ver una figura de alguien sentado en un sillón en un rincón. Era un hombre. No se movía; parecía que estaba durmiendo. De seguro es el señor Leoncio, me dije. Era extraño, no se si por la falta de luz y el polvo, pero el señor Leoncio se veía un poco gris. Cuando me disponía a limpiar el polvo de la ventana con mi ruana sentí como el banco bajo mis pies desaparecía haciéndome caer pesadamente de espaldas al suelo. Allí tirado y con el sol en la cara pude ver la sombra de alguien de pie junto a mi.
-¿Quién es?-, pregunto una voz tratando de hacerse grave y con ese tono que tienen las personas de los andes.
-Hola, soy Alejandro. Alejandro Villarroel García. Vivo en la casa de a junto, la de la señora Consuelo, es mi abuela-, conteste sin levantarme.
- Hummm....., ‘ta bueno. Yo soy Tomas. Y vivo acá.
Estiró la mano para ayudarme a levantar. Era un chico un poco más alto que yo. Blanco como una lápida de esas que había visto en el cementerio al ir a visitar a mi tía los domingos. Su cabello era color zanahoria y unas pecas del mismo color cubrían su cara. Tenía una gran ruana, roída y sucia que le llegaba casi al suelo, unos botines de cuero desgastado y un gorro de lana. Sonrío y pude ver sus dientes blanquísimos, los cuales contrastaban fuertemente con la mugre que lo cubría en su totalidad. También olía a vacas.
-Dígame, ¿qué hace por aquí? No puede pasar a las propiedades privadas así no más. ¿No sabia eso? Bueno, de seguro que no, jejejejejeje, pero importa, ya esta en la propiedad privada, jejejejejeje. Y dígame, ¿de donde es?. De seguro que no de por aquí. No parece de por aquí. De seguro de muy lejos, más allá de las montañas…- parecía que nunca iba a dejar de hablar. También tenía una especie de tic nervioso en el ojo izquierdo, pero era solo cuando hablaba: lo guiñaba muy seguido.
-Discúlpame, discúlpame. No volveré a pasar por acá. Mejor me voy, de seguro mi abuela me esta esperando- y empecé a caminar en dirección a la casa de mi abuela, alejándome de él. Confieso que me dio un poco de temor.
Corrió y me alcanzó, sujetándome por el brazo derecho. Me dijo que no tenia que irme, que me quedara a hablar un rato, que no tenia nada que hacer, que las vacas se podían cuidar solas un rato. Accedí. Caminamos entre las vacas mientras el las golpeaba suavemente en los cuartos traseros con una rama para que se movieran y nos dejaran pasar. Le conté que era de Caracas y que estaba de vacaciones por unos días en casa de mi abuela. Que ella no era andina, pero que se había venido a vivir aquí ya hacia algunos años. También le hablé del colegio, de mis amigos, los centros comerciales, los videos juegos y muchas tonterías más. Él me contó que había dejado la escuela hacia ya bastante tiempo, que solo estudió hasta el tercer grado. Que eso había sido suficiente, ya que aprendió a leer y a escribir, lo que le permitía leer los avisos de las carreteras y anotar los mandados de la tienda. No sabía nada de Nintendo, ni Internet, ni televisión, ni domingos de cine y cotufas, ni grandes avenidas, ni luces de neón… Su mundo eran las montañas, el cielo estrellado de noche, la neblina, el frío, las vacas, el olor a ahumado, los pájaros…
Entre historias y palabras llegamos a la cima de una colina. Abajo podían verse nuestras casas. De la de mi abuela se elevaba un hilo de humo blancuzco, de seguro estaba ahumando queso, pero de la de él solo se levando un grupo de pájaros negros que graznaban como locos. Un poco más allá podía verse la carretera trasandina, serpenteando entre las montañas. Y de fondo las imponentes montañas de nuestros Andes, con sus cumbres nevadas. Al otro lado de la colina había un pequeño valle con un bosque y luego un páramo desértico que se iba levantando entre rocas. Nos sentamos un rato en la hierba para recuperar el aliento mientras la brisa helada golpeaba nuestros rostros.
-¿podemos llegar hasta ese bosque?- pregunte con voz entrecortada.
-No, hoy no. Ya es tarde. Deben ser como las cuatro de la tarde, jejejejeje…Y no es bueno molestar a los duendes a esta hora. Además no trajimos nada de comida para darles, jejejejeje…- contestó con su risa particular que le daba un toque de demencia.
-¿Duendes? ¿No me dirás que crees en esas historias? Duendes, hadas, son solo historias Disney. Son puras tonterías.
-Hmmmm…, no, no lo son. Mañana podemos ir. Pero eso si, debe traer comida para los duendes. Y si tenemos suerte, tal vez podamos ver algún hada.- Ya su risa había desaparecido. Se tomaba aquello con mucha seriedad.
-¡Hecho! Mañana entonces.
-Si, mañana lo espero temprano detrás de mi casa.
Comenzamos a bajar la colina a medida que la tarde caía. Ninguno de los dos dijo nada. La temperatura empezaba a bajar y viento frío se sentía como hojillas que te cortaban el rostro. Al llegar a su casa él se detuvo y yo seguí mi camino. Mire hacia atrás pero ya había desaparecido. En su casa no había ni una luz encendida. Mi abuela me esperaba con chocolate caliente, queso ahumado y arepas de trigo. Luego de ver la tele, o por lo menos de hacer el intento, me fui a dormir.
Así que tome todo el aire que podían caber en mis pulmones y emprendí una carrera entre las vacas. Casi con los ojos cerrados trataba de correr en línea recta hasta la casa, empujando las grandes panzas de los animalazos. Algunas mugían, otras apenas se movían, pero todas apestaban. Sus ojos sin profundidad y grandes pestañas me miraban como desde otro mundo. Finalmente llegué a la pared de piedra de la casa. Esta era de gruesos muros blancos de cal y estaba construida sobre una base de piedra lo que me impedía asomarme por las ventanas. Busqué cerca algo para poder subirme y encontré un pequeño banquillo. Sobre el banco y de puntillas logre alcanzar a ver por la ventana. El interior estaba oscuro, apenas algunos rayos de luz se introducían a duras penas por las hendijas en el techo y por algún cristal de las ventanas que aun la mugre no había. Podía verse que todo estaba lleno de polvo y telarañas. Era algo así como que el tiempo se detuvo en algún momento en ese lugar. Me daba un poco de temor. Estaba apunto de bajarme cuando de repente pude ver una figura de alguien sentado en un sillón en un rincón. Era un hombre. No se movía; parecía que estaba durmiendo. De seguro es el señor Leoncio, me dije. Era extraño, no se si por la falta de luz y el polvo, pero el señor Leoncio se veía un poco gris. Cuando me disponía a limpiar el polvo de la ventana con mi ruana sentí como el banco bajo mis pies desaparecía haciéndome caer pesadamente de espaldas al suelo. Allí tirado y con el sol en la cara pude ver la sombra de alguien de pie junto a mi.
-¿Quién es?-, pregunto una voz tratando de hacerse grave y con ese tono que tienen las personas de los andes.
-Hola, soy Alejandro. Alejandro Villarroel García. Vivo en la casa de a junto, la de la señora Consuelo, es mi abuela-, conteste sin levantarme.
- Hummm....., ‘ta bueno. Yo soy Tomas. Y vivo acá.
Estiró la mano para ayudarme a levantar. Era un chico un poco más alto que yo. Blanco como una lápida de esas que había visto en el cementerio al ir a visitar a mi tía los domingos. Su cabello era color zanahoria y unas pecas del mismo color cubrían su cara. Tenía una gran ruana, roída y sucia que le llegaba casi al suelo, unos botines de cuero desgastado y un gorro de lana. Sonrío y pude ver sus dientes blanquísimos, los cuales contrastaban fuertemente con la mugre que lo cubría en su totalidad. También olía a vacas.
-Dígame, ¿qué hace por aquí? No puede pasar a las propiedades privadas así no más. ¿No sabia eso? Bueno, de seguro que no, jejejejejeje, pero importa, ya esta en la propiedad privada, jejejejejeje. Y dígame, ¿de donde es?. De seguro que no de por aquí. No parece de por aquí. De seguro de muy lejos, más allá de las montañas…- parecía que nunca iba a dejar de hablar. También tenía una especie de tic nervioso en el ojo izquierdo, pero era solo cuando hablaba: lo guiñaba muy seguido.
-Discúlpame, discúlpame. No volveré a pasar por acá. Mejor me voy, de seguro mi abuela me esta esperando- y empecé a caminar en dirección a la casa de mi abuela, alejándome de él. Confieso que me dio un poco de temor.
Corrió y me alcanzó, sujetándome por el brazo derecho. Me dijo que no tenia que irme, que me quedara a hablar un rato, que no tenia nada que hacer, que las vacas se podían cuidar solas un rato. Accedí. Caminamos entre las vacas mientras el las golpeaba suavemente en los cuartos traseros con una rama para que se movieran y nos dejaran pasar. Le conté que era de Caracas y que estaba de vacaciones por unos días en casa de mi abuela. Que ella no era andina, pero que se había venido a vivir aquí ya hacia algunos años. También le hablé del colegio, de mis amigos, los centros comerciales, los videos juegos y muchas tonterías más. Él me contó que había dejado la escuela hacia ya bastante tiempo, que solo estudió hasta el tercer grado. Que eso había sido suficiente, ya que aprendió a leer y a escribir, lo que le permitía leer los avisos de las carreteras y anotar los mandados de la tienda. No sabía nada de Nintendo, ni Internet, ni televisión, ni domingos de cine y cotufas, ni grandes avenidas, ni luces de neón… Su mundo eran las montañas, el cielo estrellado de noche, la neblina, el frío, las vacas, el olor a ahumado, los pájaros…
Entre historias y palabras llegamos a la cima de una colina. Abajo podían verse nuestras casas. De la de mi abuela se elevaba un hilo de humo blancuzco, de seguro estaba ahumando queso, pero de la de él solo se levando un grupo de pájaros negros que graznaban como locos. Un poco más allá podía verse la carretera trasandina, serpenteando entre las montañas. Y de fondo las imponentes montañas de nuestros Andes, con sus cumbres nevadas. Al otro lado de la colina había un pequeño valle con un bosque y luego un páramo desértico que se iba levantando entre rocas. Nos sentamos un rato en la hierba para recuperar el aliento mientras la brisa helada golpeaba nuestros rostros.
-¿podemos llegar hasta ese bosque?- pregunte con voz entrecortada.
-No, hoy no. Ya es tarde. Deben ser como las cuatro de la tarde, jejejejeje…Y no es bueno molestar a los duendes a esta hora. Además no trajimos nada de comida para darles, jejejejeje…- contestó con su risa particular que le daba un toque de demencia.
-¿Duendes? ¿No me dirás que crees en esas historias? Duendes, hadas, son solo historias Disney. Son puras tonterías.
-Hmmmm…, no, no lo son. Mañana podemos ir. Pero eso si, debe traer comida para los duendes. Y si tenemos suerte, tal vez podamos ver algún hada.- Ya su risa había desaparecido. Se tomaba aquello con mucha seriedad.
-¡Hecho! Mañana entonces.
-Si, mañana lo espero temprano detrás de mi casa.
Comenzamos a bajar la colina a medida que la tarde caía. Ninguno de los dos dijo nada. La temperatura empezaba a bajar y viento frío se sentía como hojillas que te cortaban el rostro. Al llegar a su casa él se detuvo y yo seguí mi camino. Mire hacia atrás pero ya había desaparecido. En su casa no había ni una luz encendida. Mi abuela me esperaba con chocolate caliente, queso ahumado y arepas de trigo. Luego de ver la tele, o por lo menos de hacer el intento, me fui a dormir.
jueves, 3 de abril de 2008
EL ENMASCARADO ANÓNIMO
El olor a chocolate y a canela que inundaba toda la cocina me despertó. La luz mañanera entraba por la puerta abierta y podía ver en sus rayos esas motitas de polvo que se mueven suspendidas en la luz. Afuera las gallinas cacareaban y alguna que otra se asomaba indiscreta en la cocina. Mi abuela cantaba una canción entre dientes, muy bajito, casi un murmullo, mientras escuchaba la radio novela. Era fanática de las novelas de radio, especialmente esas de la mañana, y en especial esa que sonaba en ese justo momento: “Las Aventuras del Enmascarado Anónimo”. Yo prefería la tele, pero mi abuela tenia una muy vieja, que no se veía muy bien, aunque yo creía que era porque en esas lejanas montañas del páramo merideño no llegaba la señal. Así que me conformaba con disfrutar las radio novelas con ella y jugaba creando las imágenes de la narración en mi mente. Me parecían fascinantes los sonidos y los ruidos: golpes, cascos de caballos, viento y tormentas. ¿Cómo podían hacerlos?, era como mágico. ¿Cómo podía un héroe llamarse Enmascarado Anónimo? ¿Anónimo? Vaya, que nombre. Así que ese día decidí llamarme “Anónimo”. Desde mi lugar favorito de la cocina, debajo de la vitrina de los platos ubicada en la esquina, podía ver todo lo que allí pasaba: a mi abuela caminando desde el fogón de leña a la gran mesa que dominaba el centro del espacio, a las gallinas y los perros en el patio, la leña ardiendo en el fogón, el techo de caña brava y madera y las jaulas metálicas para ahumar el queso colgando de él y la imagen del Arcángel San Gabriel encima de la puerta. Con el olor del chocolate se mezclaba el olor de las hierbas: albahaca, romero, menta y otras que ella cultivaba en el patio. Ya empezaba a batir con un tenedor en un plato de peltre los huevos recogidos esta mañana. Era un sonido metálico, con cierto ritmo. De seguro ya las arepas de trigo estaban listas. Yo me enrollaba en mi ruana, como un pequeño animal en su cueva, para alejar el frío que la noche anterior había dejado pegado en mis huesos.
-Bueno, bueno, ya esta listo el desayuno. ¿No querrás pasar tus vacaciones durmiendo allí en ese hueco? Ven a ver que te preparó abuelita.
-Voy abue-, le respondí perezosamente.
-A lavarse las manos primero, Daniel- Me agarró de un brazo y me llevó hasta la gran tina blanca del fregadero, tan grande que cualquiera podría bañarse allí.
-Yo puedo hacerlo solo abue, no soy un niño, ya tengo doce años. Y no soy Daniel, mi nombre es Alejandro. Daniel es mi papá. Y además hoy me voy a llamar “Anónimo”- le dije mientras metía las manos debajo del chorro de agua helada del grifo.
-Si es verdad, Daniel Alejandro es tu padre y tu solo Alejandro. Bueno, mejor dicho “Anónimo”-rió.
-¡Exacto!-
Arrimé un taburete de madera y me acerqué a la mesa. Las arepas de trigo doradas se asomaban por entre un paño blanquísimo en una cestita de mimbre, los huevos revueltos con tomates y cebollas humeaban desde un cuenco rojo con flores amarillas, el jugo de naranja se hacia verde al mezclarse su color amarillo con el azul de los vasos y el chocolate hervía suavemente aún en la olla tiznada que ella había colocado sobre un pedazo de madera para evitar quemar el mantel de algodón blanco almidonado. Mi abuela subió el volumen al radio que estaba sobre una repisa, en la que también había fotos viejas, flores de plástico, algún recuerdito de alguna fiesta de cumpleaños o matrimonio o bautizo, un conejito creo, aun con la mallita azul con las almendras todavía dentro; velas, alguna virgen y una foto de mi con Mickey Mouse en Disney y otra de mis padres. Ya la historia del “Enmascarado Anónimo” se había terminado y estaban dando las noticias regionales. Desde mi lugar en la mesa podía ver hacia fuera por la puerta. A lo lejos los muros bajos de piedras que sirven para separar los terrenos, unas vacas pasaban perdiéndose en el borde del marco y más allá había una casita, un poco más pequeña que la de mi abuela y detrás un bosque de robles y pinos.
-Abue, ¿Quién vive en esa casa?- dije señalándola con el tenedor.
-Ummm... ¿Cuál casa?- Respondió mientras giraba la cabeza y se colocaba los lentes que tenia en el bolsillo del delantal – Esa es la casa del señor Leoncio. Pobre señor Leoncio…., después que se murió Martica, nunca más salio de la casa. Tomás, su hijo, ahora debe encargarse de todo. Pobre chico, tuvo que dejar la escuela...- Y su mirada se quedó perdida en la lejanía.
Después del desayuno me fui al patio, previa advertencia de mi abuela de que no me acercara a la casa del señor Leoncio, ya que no le gustaba recibir visitas desde que enviudó y mucho menos de un mocoso curioso. Pero sabemos que las advertencias que nos hacen los mayores cuando estamos jóvenes, se las lleva el viento. Así, que mientras estaba sentado en una gran piedra terminando mi chocolate caliente, pensaba en la manera de acercarme a la casa del viudo (ya la sola palabra me daba miedo) sin ser visto, tanto por mi abuela como por los residentes de la otra casa.
Apenas tuve la oportunidad, corrí sigilosamente hasta detrás del gallinero y de allí al muro de piedra. Salté el muro y me encontré en el territorio del señor Leoncio y también me encontré con sus vacas, unas cincuenta más o menos. Debía atravesar el campo entre ellas para poder llegar a la casa. Nunca había estado frente a frente con un animal, excepto el perro que había en mi casa en Caracas o a los que había visto tras las rejas en el zoológico. “Bueno Anónimo, tienes que ser valiente y enfrentarte a estos animales peligrosos, recuerda que Anónimo nunca tiene miedo”, me dije para darme valor.
-Bueno, bueno, ya esta listo el desayuno. ¿No querrás pasar tus vacaciones durmiendo allí en ese hueco? Ven a ver que te preparó abuelita.
-Voy abue-, le respondí perezosamente.
-A lavarse las manos primero, Daniel- Me agarró de un brazo y me llevó hasta la gran tina blanca del fregadero, tan grande que cualquiera podría bañarse allí.
-Yo puedo hacerlo solo abue, no soy un niño, ya tengo doce años. Y no soy Daniel, mi nombre es Alejandro. Daniel es mi papá. Y además hoy me voy a llamar “Anónimo”- le dije mientras metía las manos debajo del chorro de agua helada del grifo.
-Si es verdad, Daniel Alejandro es tu padre y tu solo Alejandro. Bueno, mejor dicho “Anónimo”-rió.
-¡Exacto!-
Arrimé un taburete de madera y me acerqué a la mesa. Las arepas de trigo doradas se asomaban por entre un paño blanquísimo en una cestita de mimbre, los huevos revueltos con tomates y cebollas humeaban desde un cuenco rojo con flores amarillas, el jugo de naranja se hacia verde al mezclarse su color amarillo con el azul de los vasos y el chocolate hervía suavemente aún en la olla tiznada que ella había colocado sobre un pedazo de madera para evitar quemar el mantel de algodón blanco almidonado. Mi abuela subió el volumen al radio que estaba sobre una repisa, en la que también había fotos viejas, flores de plástico, algún recuerdito de alguna fiesta de cumpleaños o matrimonio o bautizo, un conejito creo, aun con la mallita azul con las almendras todavía dentro; velas, alguna virgen y una foto de mi con Mickey Mouse en Disney y otra de mis padres. Ya la historia del “Enmascarado Anónimo” se había terminado y estaban dando las noticias regionales. Desde mi lugar en la mesa podía ver hacia fuera por la puerta. A lo lejos los muros bajos de piedras que sirven para separar los terrenos, unas vacas pasaban perdiéndose en el borde del marco y más allá había una casita, un poco más pequeña que la de mi abuela y detrás un bosque de robles y pinos.
-Abue, ¿Quién vive en esa casa?- dije señalándola con el tenedor.
-Ummm... ¿Cuál casa?- Respondió mientras giraba la cabeza y se colocaba los lentes que tenia en el bolsillo del delantal – Esa es la casa del señor Leoncio. Pobre señor Leoncio…., después que se murió Martica, nunca más salio de la casa. Tomás, su hijo, ahora debe encargarse de todo. Pobre chico, tuvo que dejar la escuela...- Y su mirada se quedó perdida en la lejanía.
Después del desayuno me fui al patio, previa advertencia de mi abuela de que no me acercara a la casa del señor Leoncio, ya que no le gustaba recibir visitas desde que enviudó y mucho menos de un mocoso curioso. Pero sabemos que las advertencias que nos hacen los mayores cuando estamos jóvenes, se las lleva el viento. Así, que mientras estaba sentado en una gran piedra terminando mi chocolate caliente, pensaba en la manera de acercarme a la casa del viudo (ya la sola palabra me daba miedo) sin ser visto, tanto por mi abuela como por los residentes de la otra casa.
Apenas tuve la oportunidad, corrí sigilosamente hasta detrás del gallinero y de allí al muro de piedra. Salté el muro y me encontré en el territorio del señor Leoncio y también me encontré con sus vacas, unas cincuenta más o menos. Debía atravesar el campo entre ellas para poder llegar a la casa. Nunca había estado frente a frente con un animal, excepto el perro que había en mi casa en Caracas o a los que había visto tras las rejas en el zoológico. “Bueno Anónimo, tienes que ser valiente y enfrentarte a estos animales peligrosos, recuerda que Anónimo nunca tiene miedo”, me dije para darme valor.
sábado, 22 de marzo de 2008
PARTE 6.1 DE ALGO Y FINAL...
Dejó la camisa con la sangre seca sobre el suelo del baño y se metió a la ducha. El agua caliente empezó a llenarlo todo de vapor mientras corría sobre su cuerpo. Se quedó quieto bajo el chorro de agua, sin moverse, con los ojos cerrados. Repentinamente vino a su mente la imagen de la cara de Tobías. Este lo miraba desde la oscuridad, inclinado hacia delante mientras otro cuerpo tan perfecto como el de él lo penetraba y ocho hombres más dejaban chorrear su semen sobre su cuerpo: sus nalgas, su espalda, sus hombros y su cara. Lorenzo no podía moverse, estaba petrificado viendo la cara de placer de Tobías. Todo eso le parecía un sueño, no era verdad, no podía ser. El hombre que lo penetraba llegó al orgasmo y un fuerte alarido de gozo regresó a Lorenzo a la realidad. Corrió sobre sus pasos, empujando a todos por el pasillo. Salio a la disco y la música estridente lo aturdió. Luego de unos minutos pudo orientarse y encontrar la salida. Ya en la calle sintió el aire fresco y puro llenar sus pulmones y gritar fuertemente. Ya amanecía, eran las seis de la mañana. Estaba lleno de rabia, de dolor, decepción. No podía creer que esto le pasara a él. Maldecía al cielo. Camino un rato sin rumbo. Tomó un taxi y le pidió al conductor que lo llevara a la avenida Baralt. El “Gato Rojo” estaba cerrado y su carro continuaba estacionado afuera. Se subió y manejo a su casa. Condujo por la avenida Libertador en dirección a Chacao. Siempre le gusto esta avenida los domingos temprano cuando no había casi nadie circulando por ella. A medida que se acercaba al edificio donde vivía pudo ver un mercedes rojo estacionado afuera, en la entrada. Era el carro de “Chulo” pero no había nadie adentro.. Recordó que no lo había esperado para entregarle la “mercancía”. Se imagino que estaría bien molesto y que se pondría violento. Mientras estacionaba pensaba en alguna excusa para poder calmarlo. Se acercó a la entrada del edificio pero no vio a nadie. Era extraño, tampoco el vigilante estaba en su caseta. Tal vez “Chulo” se había ido a dar una vuelta a pie dando tiempo a que él apareciera. Pero cuando las puertas del ascensor se abrieron, “Chulo” estaba esperándolo sentado en las escaleras. ¿Cómo pudo entrar?, de seguro uso algunas de sus artimañas y convenció al guardia para que lo dejara pasar. “Chulo” se levanto rápidamente y lo empujo contra la reja de su apartamento.
-Mira mariconsito, te estuve esperando buen rato. ¿Dónde estabas? Quiero lo que me debes- le dijo con voz molesta, pero sin gritarle. Sus ojos estaban rojos, lo que indicaba que estaba drogado.
-Tranquilo, tranquilo. Discúlpame pana, pero es que se me presentó algo y bueno, ya tú sabes como esto. Pero no te preocupes que tengo tu mercancía. Mira, acá mismo la traigo-. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y saco dos pequeños paquetes: uno de marihuana y otro de coca. “Chulo” se los arrebató de la mano.
-De seguro te tiraste un buen culo, ¿verdad?. Pero ninguno como el mío, ese si te gusta- “Chulo” sonreía mientras guardaba los paquetitos en sus bolsillos.
Realmente que “Chulo” tenia unas nalgas espectaculares y un culo riquísimo, pero por mucho que le gustaran Lorenzo sabia que tener sexo con él era arriesgado, mas si estaba drogado. Pero esa mañana estaba lleno de rabia y por su mente paso la idea de acostarse con “Chulo”. Pensó que podría ser una manera de vengarse de Tobías.
-Bueno, realmente la noche fue una pérdida de tiempo. Pero no importa si tengo al mejor culo de toda Caracas acá frente a mí. ¿Qué dices? ¿Te gustaría que pasáramos un rato juntos?- Abrió la puerta e invito a “Chulo” a que pasara.
Una vez cerrada la puerta empezaron a besarse con furia. Lorenzo apretaba las nalgas de “Chulo” con sus manos mientras este le mordía los labios y le besaba el cuello. Lorenzo comenzó a quitarle la camisa y a besarle el pecho. “Chulo” jadeaba como un animal furioso. Sentía que la erección ya no cabía en su pantalón y comenzó a soltarse el cinturón. En medio del placer rabioso le mordió con fuerza la tetilla derecha a “Chulo” y este lo empujó con fuerza, haciendo que Lorenzo cayera al suelo golpeándose la espalda con la mesita de la sala.
-¿Qué carajo te pasa maricón?- Le grito “Chulo”.
-¿Qué te pasa a ti? Mira drogómano de mierda, ya no quiero hacer nada, así que vete- Le grito también mientras se levantaba.
-¿Qué me vaya? No papito, estas equivocado, tú me vas echar una buena cogida. Primero te desapareces con mi mercancía y luego crees que no ha pasado nada. No mariconsito, así que levántate y camina al cuarto.
Caminó al cuarto pensando que tal vez lograría calmarlo y hacer que se fuera. Sabía que “Chulo” estaba drogado y no tendría escapatoria si hacia que se pusiera mas molesto. No era la primera vez que se golpeaban e insultaban, pero siempre terminaba mal, incluso una vez había terminado en el hospital. Recordó el día en que se conocieron. Fue en una discoteca. Esa vez le pareció que Jorge (ahora “Chulo”) era un chico normal, agradable, para nada feo. Tuvieron sexo ese mismo día. Había sido algo nuevo para Lorenzo ya que jamás había tenido sexo después de haber fumado marihuana. Nunca mantuvieron una relación de pareja, solo fueron encuentros. Encuentros para tener sexo y consumir algo de hierba. Pero con el tiempo Jorge había conocido a otra gente que estaba más metida con drogas fuertes y no pudo resistirse a la tentación. Eso hizo que Jorge se fuese involucrando más con ese mundo. Al principio a Lorenzo no le molestaba que este experimentara, total, no existía un compromiso. Él solo se limitaba a fumar hierba de vez en cuando. Pero con el tiempo los encuentros se fueron haciendo más escasos, viéndose apenas un par de veces al mes. En esos momentos Jorge ya aparecía en su apartamento bien drogado. Intentó hablar con él varias veces pero fue en vano, Jorge se había vuelto dependiente. A pesar de todo siempre el sexo fue bueno, aunque a veces estaba cargado de algo de violencia. Pero hacia ya un par de meses que las cosas se habían vuelto peor. Los momentos de sexo se habían transformado en momento de peleas. Cada vez mas los insultos y los golpes estaban a la orden del día. Jorge empezó a exigirle que le facilitara drogas ya que sus vendedores ya no querían venderle nada. Como podía trataba de conseguírsela, aunque no sabia porque lo hacia. Pero después de la pelea en la que terminó en el hospital, se había prometido que mas nunca volvería a verlo, pero no pudo cumplir su promesa y una vez más estaba allí, enfrentando esa situación que no quería vivir y de la que no sabía como escapar. Tenia que pensar rápido, buscar alguna excusa para poder salir del apartamento y buscar ayuda.
-Mira Jorge, porque no te acuestas y te relajas mientras voy a la cocina por algo de beber- le dijo con voz entrecortada mientras trataba de acercarlo a la cama para dejar la vía libre hacia la puerta del cuarto.
-¿Tu crees que soy pendejo, mariconsito? Yo se lo que estas tramando, te conozco bien, ese es tu mayor defecto: ser tan transparente. No, que va, no te vas a salir con la tuya, mariconsito…, hoy no sales de esta- Se río y lo golpeo en la cara.
Lorenzo cayó por segunda vez al suelo pero se levantó de un salto y le propinó un codazo a Jorge en la nariz. Sonó como si algo se rompiera en pedazos. La sangre corrió manchando la camisa de Jorge y la alfombra del cuarto. Lorenzo no podía salir de la sorpresa de que fue capaz de golpearlo y en medio de esa sorpresa no vio venir el contraataque de Jorge.
Cerró la llave y se quedó parado allí un momento, en medio del vapor, escuchando como las gotas de agua se escurrían por su cuerpo hasta al suelo de la ducha. De repente un miedo invadió su cuerpo. Abrió las puertas de la ducha y corrió mojado y desnudo a la habitación. Al llegar a la puerta se paralizó. No podía respirar. No sentía sus piernas y creyó que se caería. Entonces pudo ver su propio cuerpo tendido en el suelo, boca arriba, con su camisa blanca cubierta de sangre púrpura. Sus ojos estaban abiertos, con una mirada ciega clavada en el techo y sus brazos extendidos a los lados. Jorge le había clavado varias veces una navaja que sacó del bolsillo de atrás de su pantalón. Él no vio venir el ataque, todo fue tan rápido que no sintió nada. Y ahora comprendía todo, el culo más rico de la ciudad le había arrebatado de este mundo. Jorge, ese ser del que no sabía casi nada, del que no conocía su pasado, con el que solo compartió sexo y drogas por algunos meses, se había convertido en su verdugo. Había logrado sobrevivir el internado, logró reponerse de la traición de Beto, logró también salir adelante en los momentos de soledad en los que parecía que iba a ahogarse, esos momentos en los que se había dejado llevar por senderos retorcidos, incluso sabia que podía reponerse de lo de Tobías, pero ya todo se había terminado. Ya no había vuelta atrás. El tiempo se le había terminado. Entonces, parado allí, en la puerta de su habitación, vestido con su camisa impecablemente blanca y sus jeans Diesel, descalzo, lloró por última vez.
-Mira mariconsito, te estuve esperando buen rato. ¿Dónde estabas? Quiero lo que me debes- le dijo con voz molesta, pero sin gritarle. Sus ojos estaban rojos, lo que indicaba que estaba drogado.
-Tranquilo, tranquilo. Discúlpame pana, pero es que se me presentó algo y bueno, ya tú sabes como esto. Pero no te preocupes que tengo tu mercancía. Mira, acá mismo la traigo-. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y saco dos pequeños paquetes: uno de marihuana y otro de coca. “Chulo” se los arrebató de la mano.
-De seguro te tiraste un buen culo, ¿verdad?. Pero ninguno como el mío, ese si te gusta- “Chulo” sonreía mientras guardaba los paquetitos en sus bolsillos.
Realmente que “Chulo” tenia unas nalgas espectaculares y un culo riquísimo, pero por mucho que le gustaran Lorenzo sabia que tener sexo con él era arriesgado, mas si estaba drogado. Pero esa mañana estaba lleno de rabia y por su mente paso la idea de acostarse con “Chulo”. Pensó que podría ser una manera de vengarse de Tobías.
-Bueno, realmente la noche fue una pérdida de tiempo. Pero no importa si tengo al mejor culo de toda Caracas acá frente a mí. ¿Qué dices? ¿Te gustaría que pasáramos un rato juntos?- Abrió la puerta e invito a “Chulo” a que pasara.
Una vez cerrada la puerta empezaron a besarse con furia. Lorenzo apretaba las nalgas de “Chulo” con sus manos mientras este le mordía los labios y le besaba el cuello. Lorenzo comenzó a quitarle la camisa y a besarle el pecho. “Chulo” jadeaba como un animal furioso. Sentía que la erección ya no cabía en su pantalón y comenzó a soltarse el cinturón. En medio del placer rabioso le mordió con fuerza la tetilla derecha a “Chulo” y este lo empujó con fuerza, haciendo que Lorenzo cayera al suelo golpeándose la espalda con la mesita de la sala.
-¿Qué carajo te pasa maricón?- Le grito “Chulo”.
-¿Qué te pasa a ti? Mira drogómano de mierda, ya no quiero hacer nada, así que vete- Le grito también mientras se levantaba.
-¿Qué me vaya? No papito, estas equivocado, tú me vas echar una buena cogida. Primero te desapareces con mi mercancía y luego crees que no ha pasado nada. No mariconsito, así que levántate y camina al cuarto.
Caminó al cuarto pensando que tal vez lograría calmarlo y hacer que se fuera. Sabía que “Chulo” estaba drogado y no tendría escapatoria si hacia que se pusiera mas molesto. No era la primera vez que se golpeaban e insultaban, pero siempre terminaba mal, incluso una vez había terminado en el hospital. Recordó el día en que se conocieron. Fue en una discoteca. Esa vez le pareció que Jorge (ahora “Chulo”) era un chico normal, agradable, para nada feo. Tuvieron sexo ese mismo día. Había sido algo nuevo para Lorenzo ya que jamás había tenido sexo después de haber fumado marihuana. Nunca mantuvieron una relación de pareja, solo fueron encuentros. Encuentros para tener sexo y consumir algo de hierba. Pero con el tiempo Jorge había conocido a otra gente que estaba más metida con drogas fuertes y no pudo resistirse a la tentación. Eso hizo que Jorge se fuese involucrando más con ese mundo. Al principio a Lorenzo no le molestaba que este experimentara, total, no existía un compromiso. Él solo se limitaba a fumar hierba de vez en cuando. Pero con el tiempo los encuentros se fueron haciendo más escasos, viéndose apenas un par de veces al mes. En esos momentos Jorge ya aparecía en su apartamento bien drogado. Intentó hablar con él varias veces pero fue en vano, Jorge se había vuelto dependiente. A pesar de todo siempre el sexo fue bueno, aunque a veces estaba cargado de algo de violencia. Pero hacia ya un par de meses que las cosas se habían vuelto peor. Los momentos de sexo se habían transformado en momento de peleas. Cada vez mas los insultos y los golpes estaban a la orden del día. Jorge empezó a exigirle que le facilitara drogas ya que sus vendedores ya no querían venderle nada. Como podía trataba de conseguírsela, aunque no sabia porque lo hacia. Pero después de la pelea en la que terminó en el hospital, se había prometido que mas nunca volvería a verlo, pero no pudo cumplir su promesa y una vez más estaba allí, enfrentando esa situación que no quería vivir y de la que no sabía como escapar. Tenia que pensar rápido, buscar alguna excusa para poder salir del apartamento y buscar ayuda.
-Mira Jorge, porque no te acuestas y te relajas mientras voy a la cocina por algo de beber- le dijo con voz entrecortada mientras trataba de acercarlo a la cama para dejar la vía libre hacia la puerta del cuarto.
-¿Tu crees que soy pendejo, mariconsito? Yo se lo que estas tramando, te conozco bien, ese es tu mayor defecto: ser tan transparente. No, que va, no te vas a salir con la tuya, mariconsito…, hoy no sales de esta- Se río y lo golpeo en la cara.
Lorenzo cayó por segunda vez al suelo pero se levantó de un salto y le propinó un codazo a Jorge en la nariz. Sonó como si algo se rompiera en pedazos. La sangre corrió manchando la camisa de Jorge y la alfombra del cuarto. Lorenzo no podía salir de la sorpresa de que fue capaz de golpearlo y en medio de esa sorpresa no vio venir el contraataque de Jorge.
Cerró la llave y se quedó parado allí un momento, en medio del vapor, escuchando como las gotas de agua se escurrían por su cuerpo hasta al suelo de la ducha. De repente un miedo invadió su cuerpo. Abrió las puertas de la ducha y corrió mojado y desnudo a la habitación. Al llegar a la puerta se paralizó. No podía respirar. No sentía sus piernas y creyó que se caería. Entonces pudo ver su propio cuerpo tendido en el suelo, boca arriba, con su camisa blanca cubierta de sangre púrpura. Sus ojos estaban abiertos, con una mirada ciega clavada en el techo y sus brazos extendidos a los lados. Jorge le había clavado varias veces una navaja que sacó del bolsillo de atrás de su pantalón. Él no vio venir el ataque, todo fue tan rápido que no sintió nada. Y ahora comprendía todo, el culo más rico de la ciudad le había arrebatado de este mundo. Jorge, ese ser del que no sabía casi nada, del que no conocía su pasado, con el que solo compartió sexo y drogas por algunos meses, se había convertido en su verdugo. Había logrado sobrevivir el internado, logró reponerse de la traición de Beto, logró también salir adelante en los momentos de soledad en los que parecía que iba a ahogarse, esos momentos en los que se había dejado llevar por senderos retorcidos, incluso sabia que podía reponerse de lo de Tobías, pero ya todo se había terminado. Ya no había vuelta atrás. El tiempo se le había terminado. Entonces, parado allí, en la puerta de su habitación, vestido con su camisa impecablemente blanca y sus jeans Diesel, descalzo, lloró por última vez.
viernes, 14 de marzo de 2008
PARTE 6 DE ALGO...
La música retumbaba por todo el lugar. La gente era feliz o aparentaba serlo. Bebían, reían, bailaban; los cuerpos húmedos de sudor se restregaban unos con otros, algunos sin camisa dejaban ver sus esculturales cuerpos. El juego de luces te transportaba a otra dimensión. Mucha gente consumía éxtasis u otra droga en “pepas”. Casi nadie fumaba, solo alguno que otro solitario en un rincón. Lorenzo estaba sentado solo en una mesa en un rincón, fumando. Esperaba que Tobías regresara de dar una vuelta de inspección por el lugar. Algún tipo pasaba y le sonreía, o le guiñaba el ojo. Bellos tipos, pero en ese momento él solo tenía ojos para Tobías. Se sentía feliz, lleno de energía y en un momento ya no escuchó la música, solo el bum-bum-bum en su pecho. Ahora la gente en la pista de baile se movía en cámara lenta. Miró el reloj. Había pasado una hora media allí sentado. Se levantó y fue en busca de Tobías. En el camino se tropezó con una puerta azul oscuro, por la que entraban y salían hombres, y la curiosidad lo tentó. Entró. Era el cuarto oscuro: la luz era tenue, las paredes azules oscuro, el piso negro brillante con lamparitas empotradas en el. Era un pasillo que zigzagueaba a manera de laberinto, con pequeños cuartos, casi totalmente oscuros, que se iban abriendo a los lados. Los gemidos se mezclaban con la música, los cuerpos casi desnudos, sudados y excitados cruzaban el pasillo de un cuarto a otro. Lorenzo caminaba disfrutando el roce de las manos que se deslizaban por sus brazos, sus nalgas, su pecho. Su pene comenzó a levantarse y si darse cuenta ya tenía una fuerte erección que se marcaba claramente en su ajustado pantalón. Se sentía flotar, sujetado por esas miles de manos que lo agarraban. Repentinamente ya se encontraba en uno de los cuartos. La luz era escasa, el piso estaba cubierto por pantalones, camisas, zapatos, franelas, cinturones, interiores. Varios cuerpos desnudos se amontonaban en un rincón, unos ocho. Todos se besaban y tocaban, y su piel húmeda de sudor brillaba en la tenue luz. Gemían, algunos dejaban escapar alguna risita. Al acercarse pudo ver a un chico doblado hacia delante, apoyando sus manos en sus rodillas, mientras otro lo arremetía con fuerza por detrás. Hermosas nalgas, firmes, cubiertas apenas por un vello dorado. Los otros se masturbaban alrededor de ellos, unos se besaban, otro parado al frente del chico penetrado metía su gruesa verga en la boca de este. En un momento en que pudo dejar escapar la verga de su boca giro su cabeza sobre su hombro y miró a Lorenzo.
Decidió salir temprano del trabajo ese día, total, no había mucho que hacer y era viernes. Se sentía lleno de vida, hinchado de felicidad. Dentro de dos días él y Beto cumplirían dos años de estar juntos. Ese día no se sentía incomodo por la gente en el metro, tampoco se dio mala vida porque las escaleras eléctricas de la estación Altamira siguieran sin funcionar. Se dio una vueltecita por el súper a comprar una botella de vino y unas flores. Habían sido los dos mejores años de su vida y de seguro serian muchos más, hasta que estuviesen viejitos. Beto era su mundo, su vida. El ascensor se detuvo en el piso ocho, el penthouse; y abrió las puertas. Salió, caminó por el pasillo, llegó al número 8-B, metió la llave en la cerradura y le pareció extraño que el seguro no estuviese puesto, Beto no salía del trabajo hasta las cuatro. Entró en el apartamento y todo estaba en silencio. Dejo la botella y las flores en la cocina y fue a la habitación. La puerta estaba cerrada. Se oía un leve susurro dentro. Se lleno de valor, pensando que tal vez un ladrón había entrado, y abrió la puerta de golpe. Hay veces en que el mundo se te cae a pedazos en tan solo un segundo, en que te sientes como en una historieta japonesa, tipo Candy, en donde los momentos duros del personaje están acompañados por acciones que quedan suspendidas en el aire y fondos de rojo y negro vibrantes. Así quedó Lorenzo cuando abrió la puerta de sopetón y encontró a Beto en la cama con un pendejo hijo de puta. Parecía que todo se oscurecía a su alredor y solo quedaba iluminada la escena del maldito cogiéndose al amor de su vida, con su cara desencajada por el placer producido en el momento culminante del acto sexual. Así terminaron esos esplendorosos dos años, con una botella de vino tinto que nadie se bebió, unas flores marchitas en el pote de la cocina, una celebración que nunca se llevó a cabo, maldiciones, coños de madrazos, explicaciones fallidas, gritos, alguna cosa rota y un adiós para siempre. Los detalles que siguieron este momento ya no valen la pena recordarlos. Ambos se mudarían, ninguno se quedó con nada, solo con lo meramente personal; y no volverían a verse nunca más.
Decidió salir temprano del trabajo ese día, total, no había mucho que hacer y era viernes. Se sentía lleno de vida, hinchado de felicidad. Dentro de dos días él y Beto cumplirían dos años de estar juntos. Ese día no se sentía incomodo por la gente en el metro, tampoco se dio mala vida porque las escaleras eléctricas de la estación Altamira siguieran sin funcionar. Se dio una vueltecita por el súper a comprar una botella de vino y unas flores. Habían sido los dos mejores años de su vida y de seguro serian muchos más, hasta que estuviesen viejitos. Beto era su mundo, su vida. El ascensor se detuvo en el piso ocho, el penthouse; y abrió las puertas. Salió, caminó por el pasillo, llegó al número 8-B, metió la llave en la cerradura y le pareció extraño que el seguro no estuviese puesto, Beto no salía del trabajo hasta las cuatro. Entró en el apartamento y todo estaba en silencio. Dejo la botella y las flores en la cocina y fue a la habitación. La puerta estaba cerrada. Se oía un leve susurro dentro. Se lleno de valor, pensando que tal vez un ladrón había entrado, y abrió la puerta de golpe. Hay veces en que el mundo se te cae a pedazos en tan solo un segundo, en que te sientes como en una historieta japonesa, tipo Candy, en donde los momentos duros del personaje están acompañados por acciones que quedan suspendidas en el aire y fondos de rojo y negro vibrantes. Así quedó Lorenzo cuando abrió la puerta de sopetón y encontró a Beto en la cama con un pendejo hijo de puta. Parecía que todo se oscurecía a su alredor y solo quedaba iluminada la escena del maldito cogiéndose al amor de su vida, con su cara desencajada por el placer producido en el momento culminante del acto sexual. Así terminaron esos esplendorosos dos años, con una botella de vino tinto que nadie se bebió, unas flores marchitas en el pote de la cocina, una celebración que nunca se llevó a cabo, maldiciones, coños de madrazos, explicaciones fallidas, gritos, alguna cosa rota y un adiós para siempre. Los detalles que siguieron este momento ya no valen la pena recordarlos. Ambos se mudarían, ninguno se quedó con nada, solo con lo meramente personal; y no volverían a verse nunca más.
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