lunes, 9 de junio de 2008

EL ENMASCARADO ANÓNIMO (VIII)

Era difícil no sentirse encantado por la majestuosidad del bosque, por su luz verde, su exuberante vegetación. Me sentía mas protegido caminando por aquí, ya que la abundancia de plantas y helechos hacia mas difícil que alguien o algo nos viera. Las aves estaban muy alto, en los enormes árboles y de seguro estaban ocupadas cazando insectos. Además nuestra vestimenta de tonos marrones y verdes servia de perfecto camuflaje. Así seguíamos, charla que charla, disfrutando de todo aquel esplendor verde que nos envolvía. Pero repentinamente nuestro guía se detuvo y nos hizo una señal para que hiciésemos silencio. Nos indico que nos colocáramos rápidamente detrás de una roca. Abrió su mochila y saco tres esferas azules pequeñas, las que mantuvo ocultas en su mano derecha. Dejándonos al resguardo de la roca, dio unos pasos delante de esta.

-¿Quién está allí?-, gritó. Solo silencio. Al parecer algo o alguien venia siguiéndonos, pero no nos habíamos dado cuenta.

-¿Quién está allí? Es mejor que se muestre antes de que lance estas esferas.
- Bueeeno, bueeeno. No se me altere. Que ando solo de paso-, se oyó una voz profunda.
-No lo veo.
-Pero acá estoy. Aquí mismito frente a usted-, y entonces se movió. Era un tuqueque, una especie de reptil con la capacidad de confundirse con las cosas que lo rodeaban. Estaba apenas a unos pasos frente de Ernesto.
-¿Qué quiere?-, pregunto Ernesto a la vez que levantaba la mano con las esferas.
-Solo compañía un rato. Y bueeeno, me gustaría saber qué hacen unos duendes por este rumbo.
-No creo que eso sea de su incumbencia, señor…
-Julián. Encantado de conocerlos-, e hizo una reverencia. –No me importan sus rumbos, ni sus planes, solo que es extraño ver duendes por estos caminos, y mas extraño verlos en compañía de un humano. Pero insisto, solo deseo acompañarlos un rato, siempre es bueeeno escuchar las historias de los duendes. Los acompañaré hasta llegar a la orilla del río. Más allá se sabe que es terreno de Dargüila. Así, que si me lo permiten, seré su compañero por un trecho del camino.

Ya habíamos dejado nuestro escondite, pero manteníamos una distancia prudencial. Ernesto miró a Isabel y esta le hizo una señal de aceptación con la cabeza. A partir de ese momento nuestro grupo de cuatro creció a cinco. Julián resultó ser un buen compañero de viaje. Sabía muchas historias del bosque, de los animales que allí vivían, de los humanos, pero los de verdad, no como yo.

-He visitado muchas veces las casas de los humanos. La verdad, si que son animales extraños. Pero lo bueno es que en sus casa hay muchos insectos, deliciosos insectos, y como me los como, me permiten estar allí. Eso me ha permitido aprender de ellos y saber cuando debo esconderme. Porque no siempre se sienten bien con mi presencia, especialmente las hembras, que se asustan con facilidad-, y habló y habló por largo tiempo, mientras caminaba de a ratos en sus patas traseras, levantándose para hacer gesticulaciones con sus patas delanteras, como si fuese uno de esos humanos a los que mucho observaba.

Las primeras estrellas en despertarse aparecieron en el cielo. Estaba anocheciendo. Habíamos caminado un largo trecho, estaba cansado y hambriento. Debíamos buscar un lugar donde dormir, ya que de noche el bosque no era para nada seguro. Ernesto se acercó a un viejo tronco que estaba sobre los helechos y le pidió permiso a las terminas que allí vivían para que nos dejaran pasar la noche con ellas, siempre y cuando Julián no se las comiera. Hecho el trato, nos acomodamos en un espacio hueco, bastante confortable, cubierto de musgo. Ernesto coloco una esfera verde en el centro y esta se iluminó permitiéndonos tener luz cuando la noche se cerró por completo. Comimos algunas frutas, galletas, leche y miel; hablamos a ratos y poco a poco nos fuimos quedando dormidos escuchando solo el trabajo de las termitas en la madera del tronco. Comenzó a llover.

Me desperté sobresaltado. Ya las termitas habían terminado su labor y estaban durmiendo. La lluvia había cesado y la luna se reflejaba en los charcos y gotas que caían de los árboles. Era de nuevo el bosque plateado, aquel que había visto desde la habitación del roble. Me quedé mirando la luna que se asomaba por un agujero en la madera. Todos dormían, incluso Ernesto. La luz verde se había apagado. Repentinamente vi una enorme sombra con ojos rojos brillantes que se asomaba por el agujero de entrada, era un animal que intentaba husmear dentro. Cuando me senté se me quedó mirando fijamente. No podía moverme, no podía gritar, estaba paralizado del miedo. Entonces Julián se despertó y se dio cuenta de la situación. “Es el Rabipelado Orejiblanca. No te muevas”, me susurró, y con su cola despertó a los demás. Lentamente nos fuimos arrastrando a lo más profundo del tronco. El Orejiblanca no dejaba de observarnos y repentinamente, con la velocidad de la luz saltó dentro del hueco, destruyendo las paredes podridas del tronco. Había terminas corriendo por todas partes, gritando como enloquecidas y las que pasaban cerca del animal terminaban en su boca. Estábamos atrapados, no había salida, terminaríamos en la boca del bicho ese. Pero repentinamente Julián saltó justo al frente del Orejiblanca y con una actitud desafiante lo golpeó en el hocico. El animal se enfureció. Julián saltó fuera del agujero y con su cola volvió a golpearlo. El Orejiblanca giró y comenzó a perseguirlo. “Huyan, huyan”, nos gritaba mientras trataba de distraerlo alejándose de nosotros. Tomamos nuestras cosas y salimos corriendo. En nuestra carrera voltee la cabeza a ver que había sucedido y pude ver como el Rabipelado atrapaba a Julián con su boca. Pobre Julián.

4 comentarios:

Mario M. Relaño dijo...

Sigo sentado debajo de uno de los árboles de este tupido bosque, fascinado ante tan magnífica historia de duendes, Rabipelado Orejiblancas y humanos.
Ansío seguir inmerso en la aventura.
Sigo muy atento...

Un beso. O dos.

Bea dijo...

Me ha gustado mucho, muy buena la ambientación del bosque encantado.

El momento de las termitas me fascinó, sobre con el trato que hacen para que no se las comiera Julián, jeje.

Y el personaje de Orejiblanca es genial. Qué imaginación.

Diego Flannery dijo...

Siempre hay depredadores , sea cual fuere el lugar de la historia. Y, siempre...alguien se tiene que inmolar por el grupo, para mantener la esperanza de seguir adelante. Fábulas del siglo XXI desde el bosque encantado.¡¡¡Que bello relato haldar!!!

Edurne dijo...

Aysssss, que este enmascarado se me acumuuulaaaa!